La utopía republicana

Carmen Mc Evoy es magíster en Historia por la PUCP y M.A. por la Universidad de California en San Diego, donde obtuvo su PhD en Historia Latinoamericana con un grado en Ciencias Políticas. Su especialidad es la historia política, de las ideas y de la guerra. Ha recibido, entre otras distinciones, la beca Guggenheim (2002), la Medalla de Oro de la ciudad de Lima (2011) y la Medalla del Centenario de la Municipalidad de La Punta (2016), en reconocimiento por su labor cultural. Es autora de Un proyecto nacional en el siglo XIX: Manuel Pardo y su visión del Perú (1991); Forjando la nación: ensayos de historia republicana (1999); La tradición republicano-liberal en el Perú (2004); Homo politicus: Manuel Pardo, la política peruana y sus dilemas, 1871-1878 (2007); Armas de persuasión masiva: retórica y ritual durante la Guerra del Pacífico (2010); La guerra maldita: Domingo Nieto y su correspondencia (2015); Chile en el Perú: historia documentada de la Ocupación, 1881-1884 (2016) y Guerreros civilizadores. Política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico (2016); además de editora de varias publicaciones históricas. Actualmente es profesora de Historia de Latinoamérica en la University of the South-Sewanee, colaboradora regular de El Comercio y trabaja en una biografía sobre Yma Sumac. Este libro es una nueva edición, revisada y actualizada de la versión original publicada en 1997 por este fondo editorial. 2

Carmen Mc Evoy LA UTOPÍA REPUBLICANA IDEALES Y REALIDADES EN LA FORMACIÓN DE LA CULTURA POLÍTICA PERUANA (1871-1919) 3

La utopía republicana Ideales y realidades en la formación de la cultura política peruana (1871-1919) © Carmen Mc Evoy © Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2017 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Portada basada en la fotografía Sofía Dorca vestida de la Patria, 1897. Archivo Fotográfico Courret de la Biblioteca Nacional del Perú. Primera edición digital: julio de 2017 Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-317-284-8 4

Para Kike y Mariana, mis adorados compañeros de ruta. 5

La historia de la teoría política no es la historia de diferentes respuestas dadas a una sola pregunta, sino la historia de un problema que está, más o menos, constantemente cambiando, y cuya solución está cambiando con él. R.G. Collingwood, Autobiografía 6

PRÓLOGO Alberto Vergara En 1997, cuando apareció La utopía republicana (LUR), yo deambulaba extraviado por los pasillos de una facultad de derecho a la cual no sabía bien cómo había llegado ni descubierto aún cómo podría librarme de ella. Sin norte, pero con interés. Formal e informalmente, solía apuntarme a clases en historia, filosofía y sociología. La carrera de ciencia política no existía aún. En esas expediciones amateurs por las humanidades y ciencias sociales, descubrí, sin método alguno, varios de los debates que animaban esas otras especialidades por aquellos años. Entre ellos, desde luego, el que despertó la publicación de LUR. Vistos a la distancia, me doy cuenta de que no solo husmeé en aquellas disputas académicas, sino que, con juvenil y atrevida ignorancia, en cada uno de ellos me alineaba con algo que hoy puedo racionalizar como un «giro político» del estudio del proceso nacional. LUR fue parte esencial de aquel giro académico general. Y, en mi caso particular, pieza clave para planear mi fuga de los pasillos de derecho. Releer el libro hoy me ha reconectado con aquello que me entusiasmó dos décadas atrás, y, sobre todo, me ha permitido aquilatar la magnitud de su relevancia: LUR es un libro fundamental en la producción intelectual nacional de las últimas décadas, no por realizar un aporte específico aquí o allá, sino por amalgamar con éxito una cadena de contribuciones de primer nivel en distintas esferas. El libro que el lector tiene entre manos es uno académico, pero no solamente. Y es investigación de una historiadora metódica, pero también obra de una intelectual y ciudadana comprometida. Es un libro de historia, pero su ansia y afán son el presente. Y es, en fin, producto acabado para el especialista, pero también tierra fértil para el no iniciado. Como en el bel canto, la excelencia en estas páginas se mide por la versatilidad de sus registros. Dos elementos académicos, al menos, daban a este libro un lugar merecidamente original. En el ámbito internacional, simultáneamente a 7

este volumen, aparecieron muchos trabajos de historia que abandonaban las capitales latinoamericanas para contar historias políticas «descentradas», al mismo tiempo que observaban «desde abajo» los proyectos, estrategias y voluntad de grupos o individuos «subalternos», dejados de lado por tradiciones intelectuales previas1. Carmen Mc Evoy en LUR, en cambio, enfatiza sin timideces una historia volcada a reconstruir los proyectos e ideales de las élites dirigentes del país. Sin embargo, esta originalidad, en aquel contexto, me parece que era menos una disidencia frente a la disciplina practicada en aulas norteamericanas, que una afirmación destinada a sacudir los sentidos comunes de la historia en el Perú. Más que en busca de tenure en una universidad del norte, la autora andaba en busca de un eslabón peruano, extraviado y fundamental: la política en general y el republicanismo en particular. Por eso es que su vehemencia revisionista reserva los puyazos más duros a una serie de estudios que, para mediados de los noventa, ya estaban algo démodées en la academia internacional, pero lucían vigorosos en la empobrecida universidad peruana de esos mismos años. Su empeño, entonces, es contra las lecturas de los «nuevos historiadores» y «científicos sociales» (las comillas son de la autora, por si acaso) quienes, influidos por el marxismo y el dependentismo, impusieron una visión de nuestra historia donde solo despuntaba el fracaso, la inexistencia de cualquier proyecto político inclusivo y donde, en definitiva, primaba un tipo de generalización que terminaba por deslegitimar cada rincón del siglo XIX, al cual, muy sintomáticamente, bautizaron como un siglo «a la deriva». A la deriva estaban nuestros académicos, replica Mc Evoy. Se ocuparon de destruir nuestro pasado y no de reconstruirlo. Y sentencia drástica: «La ‘nueva historia’ falseó y deshistorizó». LUR opone a esta tradición el regreso del ideal y la vuelta de la política. Frente al gusto por nombrar al inevitable fracaso, contrapone la voluntad de desandarlo. El proyecto republicano es el vehículo que permite intentar esta reescritura. El republicanismo fue desde la independencia, advierte Mc Evoy, una ideología y una práctica que buscaba cohesionar al país a través de la implantación de un Estado de derecho inclusivo y cuya preocupación central era construir una comunidad de ciudadanos iguales. El episodio central de ese esfuerzo estudiado en este libro es el del Partido Civil y Manuel Pardo. La narración mantiene el foco de atención tanto en los discursos de este proyecto político como en la política electoral, movimientista, y en los distintos pactos entre élites limeñas y regionales 8

para ponerlo en pie. No se trató de un movimiento más en la historia nacional, sino de un episodio cuya irrupción puede rastrearse en los ideales de la emancipación y cuya influencia se expande hasta bien entrado el siglo XX. Obviamente, el republicanismo, como acción política e intelectual, debía enfrentar otras tradiciones políticas en el país. En especial, lo que Mc Evoy llama el patrimonialismo, encarnado sucesivamente en administraciones previas y posteriores al mandato de Pardo (1872-1876). Este patrimonialismo campea, por ejemplo, con Castilla y la utilización del guano para aceitar clientelas. Y del lado ideológico, viene en su ayuda un discurso reaccionario del bien común inspirado de Bartolomé Herrera. Juntos —guano y conservadurismo— consiguen estructurar una forma de mandar sobre el país que excede a los gobiernos de Castilla. Alianzas y prácticas configuran una cultura política difícil de erradicar y que, en distintas versiones, sobrevive hasta 1919 en que el libro cierra su estudio. Por tanto, el republicanismo no era mero ideal, era un proyecto político obligado a arrinconar a otro dominante. Su objetivo es introducir y construir al ciudadano, revitalizar al municipio, jugarse por la educación, en medio de un sistema regido por la «soldadesca» y la «plebe asalariada». La apuesta por la educación y la ley es combatida desde la iglesia y los cuarteles. No es tarea mía adelantar aquí la manera en que el alambique de la política nacional destila estas matrices en conflicto. Sí hay que mencionar, en cambio, la ambivalencia y utilidad del fracaso civilista. Acaso fuese prueba de debilidad la imposibilidad de reinventar el país de un solo golpe de timón republicano, pero es prueba de fortaleza secular de ese mismo republicanismo, la capacidad de reaparecer y readaptarse en distintos momentos de nuestra historia. En segundo lugar, no debemos ningunear la autoridad moral del fracaso de las causas buenas y necesarias. No el fracaso como destino nacional, sino el fracaso como consecuencia de lo deseado y que podría no haber descarrilado. «Mi acta de ciudadanía — escribió el ciudadano Monsiváis— se arma con la suma de causas perdidas que me han importado y que continúan haciéndolo». Porque la ciudadanía es crítica y es acción. El recuento de Mc Evoy es, entonces, el inventario de lo fallido en un nivel, pero en otro, eso mismo constituye la construcción exitosa de un nuevo partidor para el próximo intento republicano. 9

Ahora bien, si la introducción del republicanismo tanto como llave heurística como valor político me parece vital y es, sin duda, uno de los aportes centrales del libro, creo que he añorado un uso más tajante del mismo cuando categoriza a ciertos presidentes, regímenes o eventos. El lector podrá evaluarlo por sí mismo. No me queda duda de que el proyecto civilista de Manuel Pardo recoge muchas de las dimensiones tradicionales del republicanismo —la virtud cívica, la confianza en el ciudadano, la educación como instrumento de cohesión nacional, el rechazo a la arbitrariedad, etcétera—. Y, a su vez, estas aspiraciones reaparecen cíclicamente en el país demostrando resistencia y vigencia. Pero a veces Mc Evoy califica eventos, presidentes o regímenes como casos de republicanismo «con adjetivos» —«republicanismo conservador», «republicanismo autoritario», «republicanismo radical»— que pueden diluir la fuerza del sustantivo «republicano». Es decir, en algunos casos, creo que no estamos ante especies del género «republicano», sino frente a bichos políticos pertenecientes al género «antirrepublicano». En todo caso, el lector podrá evaluarlo y, quién sabe, concluir que se me han pasado las cucharadas de jacobinismo. Para terminar, quiero subrayar la fuerza de este libro más allá de las naturales fronteras de su gremio profesional. Para quienes no somos historiadores, los libros de historia suelen interesarnos si interpelan de alguna manera el presente que transitamos. LUR hace esto mismo gracias a distintas virtudes. En primer lugar, por la «voz» de Mc Evoy. El libro carga una convicción inseparable del análisis y la narración. En este recorrido por el siglo XIX, Mc Evoy nos obliga a ver que el Perú ha producido esfuerzos de aplauso y otros de espanto; que hace falta separar serenamente la paja del trigo; y que también se debe fustigar severamente cuando cedemos, con más frecuencia de la debida, ante la ribeyreana tentación del fracaso. En realidad, esa voz, que combina con precisión el análisis sereno y el campanazo de urgencia, no es solo ni principalmente la de una historiadora del republicanismo, es la de una ciudadana. Este libro de Carmen Mc Evoy —y mucho de su obra posterior— es eslabón contemporáneo de aquel republicanismo que ella ha estudiado en el XIX. Y podemos asignarle ese linaje político e intelectual porque el modelo teórico que presenta en este libro es suficientemente abarcador para hablarle a diversos contextos históricos. En tal sentido, este libro tiene algo de ensayo, general e interpretativo. Desborda los marcos de la monografía histórica predominante hoy, restringida a la pequeña provincia y a su 10

época de estudio. Es la interpretación nacional de largo alcance —sin sacrificar archivo y método— la que conecta con el lector no profesional. El ensayo es un género; pero acaso más aún, es un ánimo. Una disposición para interpelar a la ciudadanía. En tiempos del paper y el policy note, que tecnócratas utilizan para influir a puerta cerrada, el ensayo es y fue siempre el género que procura dirigirse públicamente a la ciudadanía. Al interpretar, entonces, interpela. Y con esto termino: la doble vigencia de LUR. Desde que publicó este libro, Carmen Mc Evoy ha jugado un papel crucial en la divulgación del vocabulario e ideales republicanos en nuestra vida pública. Poco a poco, el maltrecho republicanismo político recupera un sitio en la vida política nacional. Más desde la República de las Letras que desde la acción política, pero algo es algo. Con perseverancia y talento el «republicanismo» podría y debería tener un lugar semejante al que ocupa en el debate público francés o argentino. La política y las ideas políticas no son únicamente una aproximación teórica y metodológica; pueden ser también herramientas para construir un destino político que no está ni ganado ni perdido de antemano. Finalmente, la segunda pata de la vigencia: el siglo XIX, amigos, se parece bastante más a nuestro tiempo que el siglo XX. El siglo XX, con sus proyectos nacionales y distinguibles, con sus partidos políticos —aun si débiles—, con los grandes ideólogos redentores de la nación, acompañados de sus feligresías partidarias, poco tenía que ver con nuestro siglo XXI de tránsfugas, colleras políticas, presidentes apocados y de ciudadanía aturdida ante la política de la nada. En cambio, en la lectura del XIX que nos brinda este libro, encontramos ecos de lo que somos hoy. De un lado, parte del país ilusionado con un proyecto republicano que consigue fugaz representación en el Partido Civil y Manuel Pardo. De otro lado, fuerzas sociales y económicas acostumbradas a vivir de, y convivir con, un sistema patrimonialista que conocen, dominan y explotan. En medio, líderes siempre dispuestos al acomodo, la traición y a, obviamente, fundar un partido personalista. «¡Abajo la argolla!» vociferan a los civilistas, mientras la traducción histórica nos sopla al oído «¡Abajo los caviares!»; Cáceres y su exilio dorado en París; los linderos difusos entre lo privado y lo público que Odebrecht no inventó. Y, en fin, Víctor Andrés Belaunde señalando con gran preocupación en 1914 —otra época de optimismo idiota— la contradicción entre el avance económico y el retroceso moral del país. Cuando alguien, entonces, lector, le hable con nostalgia del siglo XX, sus partidos, ideologías y partisanos, no olvide que 11

es menos urgente pensar cómo rescatamos el XX, que cómo escapamos del siglo XIX. La mirada atenta al valor de la política y los ideales republicanos que LUR privilegia es pieza fundamental para planearlo. Alberto Vergara Junio, 2017. Washington D.C. 1 Entre otros y aparecidos casi simultáneamente a LUR: Mallon, Florencia, Peasant and Nation: The making of Post-Colonial Mexico (Berkely y Los Ángeles: University of California Press, 1995); Thurner, Mark, From two Republics to One Divided: Contradictions of Post-Colonial Nation Making in Andean Peru (Durham: Duke University Press, 1996); Guardino, Peter. Peasants, Politics, and the Formation of Mexico’s National State: Guerrero, 1800-1857 (Stanford: Stanford University Press, 1996). 12

ESTUDIO PRELIMINAR «La genealogía es gris, meticulosa y pacientemente documentada. Ella opera en el campo de pergaminos enredados y confusos, en documentos borrados y muchas veces recopilados». Michel Foucault, La arqueología del saber «La política peruana es un laberinto capaz de enredar al mismo diablo», escribió el diplomático y literato José Antonio de Lavalle, en medio de una de las tantas guerras civiles que azotaron el siglo XIX. El fundador de la Revista de Lima no estuvo equivocado en su lectura sobre la cruda realidad que le tocó vivir. Si uno lee las cartas y memorias de las primeras generaciones de servidores públicos inevitablemente aparece alguna mención que refleja la angustia de quien siente que su tarea está condenada al fracaso. Porque pareciera que esa suerte de conjuro pesimista pronunciado por el Libertador Simón Bolívar en su hora más amarga — «he arado en el mar»— siguió resonando en las tierras sudamericanas que él ayudó a independizar, especialmente en el Perú, lugar que Bolívar denominó «el nudo del imperio». Debido a que fue el núcleo del poder virreinal, la lucha política y militar fue muy compleja y el proceso de instaurar una república, largo y extenuante. En la difícil década de 1980, cuando la violencia penetraba nuestro tejido social y el Perú volaba en pedazos, decidí estudiar la historia política del siglo XIX. Mi finalidad era encontrar una genealogía republicana, un «proyecto nacional» capaz de remontar la inmediatez y la contingencia a la que se refirió Lavalle y que, a mi entender, seguía dominando al país de las bombas senderistas y la inflación galopante. ¿Era posible revalorar los esfuerzos de los que imaginaron una comunidad política con doctrina y praxis, dentro de los parámetros de un siglo XIX social y racialmente excluyente? Hay que recordar que la «república modelo» —los Estados Unidos de Norteamérica— nació esclavista y sus minorías de color fueron tratadas como ciudadanos de segunda categoría, tendencia que aún persiste. Ni qué decir de la suerte de los nativos, las denominadas 500 naciones indias, recluidos hasta el día de hoy en reservaciones luego que 13

sus riquísimas tierras les fueron confiscadas. Sin embargo, y a pesar de esas limitaciones, la república institucional, con su discurso ciudadano además de su sistema de checks and balances, fue instaurada y las elecciones se convirtieron en el mecanismo para una transferencia ordenada del poder. Esto permitió la relativa estabilidad política y el progreso material que tanto fascinó a los intelectuales latinoamericanos, entre ellos el peruano José Arnaldo Márquez, que visitaron al gigante del Norte a lo largo del siglo XIX (Mc Evoy, 2003). El análisis de la vida y obra de Manuel Pardo me permitió adentrarme en una de las etapas más interesantes y a la vez dramáticas del siglo XIX (Mc Evoy, 1994a). No solo porque los civiles, aglutinados inicialmente en la Sociedad Independencia Electoral, lograron arrebatar el poder a los militares, sino porque durante su titánica labor renovaron la política, al dotarla de organización, doctrina y contenido. Mi descubrimiento en el Archivo General de la Nación de la copiosa correspondencia de Manuel Pardo, nunca antes utilizada por mis colegas historiadores, me ayudó a penetrar las redes políticas diseñadas por los civiles con la finalidad de ganar unas elecciones que, a diferencia de lo que usualmente se pensó, fueron disputadas a nivel nacional. Todavía recuerdo esas tardes de invierno en las que mediante la lectura de cientos de cartas —dirigidas a Pardo y a su comando limeño— empecé a entender la naturaleza de la maquinaria política y comunicacional que el futuro civilismo logró montar, desde Tumbes hasta Puno. Con mi primer libro de Manuel Pardo en la imprenta y la impresionante correspondencia de la vibrante campaña presidencial de 1871-1872, fichada e incluso analizada en un artículo pionero sobre elecciones en el Perú2, partí rumbo a California para hacer un doctorado en Historia Latinoamericana. En mis clases de la Universidad de California-San Diego me encontré con una serie de autores que fortalecieron mi interés en la historia política, desdeñada por la historiografía peruana, y me introduje, además, en un mundo conceptual novedoso: el republicanismo. Este marco teórico que he analizado a lo largo de los años, ha sido enriquecido en sus diferentes vertientes: la patria científica, jurídica e incluso militar. En efecto, mi aporte a la discusión historiográfica del siglo XIX, que se plasma en este libro que cumple dos décadas de publicado por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica, tiene que ver con la teoría y con la praxis del republicanismo, que fue resignificado hasta mutar en la denominada Patria Nueva, iniciado el siglo XX. 14

RESCATANDO UNA GENEALOGÍA POLÍTICA OLVIDADA La atención al republicanismo como problema conceptual de profundas implicaciones para la comprensión de la cultura política en Hispanoamérica y en el Perú ha sido puesta en el tapete de su historiografía junto con el rescate de la historia de las ideas y del pensamiento político3. El desarrollo anterior, estrechamente asociado a la revaloración del tema de la ciudadanía, tiene que ver con la madurez de la disciplina histórica, cuyo mayor logro ha consistido en desplazarse de los estrechos márgenes a los cuales la tenía reducida el materialismo histórico y sus derivados ideológicos4. La recuperación de la vieja discusión en torno a la construcción del poder, una verdadera revolución copernicana mediante la cual se ha logrado incorporar la complejidad de sus procesos, prácticas y símbolos en el contexto de un intenso quehacer ideológico, no excluye el análisis de la praxis política. Por otro lado, la vuelta a la biografía ha posibilitado tomar en consideración el papel de los actores individuales. Esto ha permitido una ampliación del ámbito de la tradicional historia política, aunque sin descuidar a la historia social con sus redes de personas e ideas; estas últimas fundamentales para entender la trama en la que se fue gestando la política hispanoamericana en general y la peruana, en particular. La Universidad de Cambridge en Inglaterra fue relevante en reposicionar la historia intelectual con su serie Ideas in Context y un conjunto de libros publicados en historia del pensamiento político. Quentin Skinner, desde esas aulas, dio un empuje especial a esta área de estudios al defender la lectura de los textos clásicos como productos de su contexto histórico. El espacio intelectual y lingüístico en el cual surge el texto es tan fundamental, de acuerdo con Skinner, que se hace imposible comprender los matices del pensamiento que cada autor formula si no se explora la situación dentro de la cual sus escritos se hacen inteligibles. El estudio de J.G.A. Pocock sobre Maquiavelo abordó el republicanismo clásico o «neorromano», el cual allanó el camino a toda una línea revisionista de la historia de dicho concepto, tanto en Estados Unidos como en Hispanoamérica5. La utopía republicana es tributaria de esta tradición, que hunde sus raíces en el humanismo occidental. La visión de Skinner, Pocock y otros restauradores de la historia conceptual, como Reinhart Koselleck6, ha permitido que el republicanismo clásico del Renacimiento italiano pudiese vincularse con las revoluciones 15

de Inglaterra en el siglo XVII, de Norteamérica en el XVIII o de Hispanoamérica en el XIX. En The Machiavellian Moment, Pocock sostuvo que el «republicanismo clásico» de Maquiavelo, con su énfasis en el equilibrio de poderes —el régimen mixto, la virtud cívica y una ciudadanía en armas— habría inspirado al filósofo inglés James Harrington en la elaboración de su utopía The Commonwealth of Oceana de 1656 y en sus postulados antiabsolutistas durante la Guerra Civil inglesa (1642-1651), para posteriormente dar forma a un «humanismo cívico». Este humanismo fue identificado en la década de 1960 por los historiadores estadounidenses Gordon Wood y Bernard Bailyn en el discurso sobre bien común, anticorrupción y ciudadanía virtuosa predominante entre los padres de la patria norteamericanos7. El republicanismo clásico hizo de la virtud cívica —la capacidad de anteponer el bien de la comunidad al propio— la base de la estabilidad constitucional y el orden que posibilitaba la libertad. La relación entre republicanismo clásico y el pensamiento político de los intelectuales de los territorios americanos ha producido una gran cantidad de literatura, a pesar de que su importancia ha sido considerada exagerada por algunos historiadores, como es el caso de Joyce Appelby. Según esta autora, el retorno al tema del republicanismo está vinculado a la desilusión con el liberalismo, el capitalismo y el marxismo en su capacidad de promover la libertad y la igualdad, así como a la búsqueda de nuevas formas para establecer restricciones legales a los poderes del Ejecutivo, para lograr una participación real de la ciudadanía y para promover el bien común, limitando así la posibilidad de los excesos que inspira la búsqueda indiscriminada de la satisfacción individual. De este modo, el republicanismo sería una alternativa no socialista al capitalismo y a la globalización. En palabras de Appleby, «Después de la melodía única del progreso liberal, la rica sinfonía de la ideología, orquestada por las necesidades humanas y armonizada por instituciones sociales, fue música a los oídos de una generación que había descubierto la cultura» (Appleby, 1992). REPUBLICANISMO PERUANO: UN MODELO PARA ARMAR ¿Cuál es la trayectoria del republicanismo peruano, tanto en su dimensión conceptual como en su aplicación práctica?8. Las primeras reflexiones que surgen en el Perú sobre el concepto de «república» están relacionadas con dos de las acepciones dadas a dicha voz en el Diccionario de la Lengua 16

Castellana de 1737: la de «res pública», o cuerpo político, y la de pueblo o ciudad. Respecto a la primera, José Ignacio de Lequanda, redactor del Mercurio Peruano (1791-1795), señalaba que la falta de empleo y las pretensiones sociales de las clases menos privilegiadas eran responsables de los daños morales y políticos que sufría el Virreinato del Perú, lo que estaba llevando a «la República a su propia ruina»9. Así pues, el concepto de «república» que manejaron los redactores del Mercurio exhibe un aire de familia con el humanismo cívico de estirpe latina. Para el mismo, el orden, la moral y la virtud eran los fundamentos de toda sociedad civilizada. Este discurso republicano primigenio distó de ser monolítico y, por tal razón, para comprenderlo se debe considerar también su conexión con la tradición hispánica. Al igual que el republicanismo clásico —pero contraponiéndosele por su tendencia de hacer prevalecer, como lo señala Skinner, «la razón de Estado» por sobre todas las demás—, esta vertiente promovió el accionar del «hombre virtuoso, cristiano y de buena opinión» para la búsqueda del «bien común de la República». No ser «un buen republicano», es decir, despreocuparse por la cosa pública, podía acarrear «la confusión de todo el cuerpo social». Acerca de la segunda acepción, la de pueblo, ella guarda relación con el sistema político implantado por España en el ámbito local. De acuerdo con la teoría legal hispánica, la Corona dispensaba privilegios y estipulaba obligaciones —obviamente distintos y desiguales— a cada repúblicanación, tanto de indios como de españoles. La legislación se tradujo en las reducciones de indios, los que fueron reubicados en «pueblos cristianos», donde al vivir «en república» serían capaces de adquirir las virtudes, la civilidad cristiana y el buen gobierno. La «República o pueblo de Indios» emerge en el Perú, en medio de la crisis del siglo XVII, como el foco de la cultura política, judicial y religiosa de su población indígena (Thurner, 2006, pp. 34). El concepto de república estuvo asociado, por otro lado, con el saber ilustrado, sus mecanismos de difusión y sus representantes más preclaros. Eusebio de Llano y Zapata opinaba que la biblioteca y los periódicos eran los espacios más favorables para la construcción de una «república de las letras» (Tauro del Pino, 1951, pp. IX-XVII). De la relación entre la república y el saber ilustrado dio cuenta un redactor del periódico El Peruano, quien en plena primavera liberal recordó que «la ruina de las repúblicas» se debía al «egoísmo fatal» de su sector pensante10. Unos años después, y con ocasión de su elección como presidente del Congreso, 17

Hipólito Unanue se dirigió a los «sabios de la universidad de San Marcos» para asegurarles que la «ignominia» contra ellos había cesado y que desde ese momento «la república» reconocería el valor de los hombres formados en «la ciencia y la virtud» (Unanue, 1974, pp. 839-842). En la medida que el triunfo patriota redefinió un contexto y sentó una agenda política novedosa, el concepto de república se verá asociado tanto a un gobierno diametralmente opuesto al de la monarquía absoluta como a la nueva sociabilidad practicada por los «hombres de mérito», una categoría que les fue otorgada en exclusividad a los republicanos11. El contrapunto con un pasado inmediato al que se considera nefasto se convierte así en un arma retórica para la lucha por la legitimidad simbólica. De acuerdo con Manuel Lorenzo de Vidaurre, la diferencia entre monarquía y república radicaba en el hecho de que en un gobierno republicano «la virtud» era el principio rector, mientras que «el camino de las dignidades» formado «por la infamia y corrupción» era la base del sistema monárquico (Vidaurre, 1971, pp. 358-359). En un escenario donde lo que primaba era la propaganda ideológica, los preceptos primordiales de la república se verán relacionados con una serie de condiciones básicas, siendo la principal que todos los hombres nacían libres y con igualdad de derechos. El fin de una asociación política de corte republicano consistía en mantener los derechos naturales imprescriptibles del hombre, es decir, la libertad, la propiedad, la justicia, la seguridad y la capacidad de resistir la opresión (Vidaurre, 1971, p. 373). A partir de la década de 1820, las ideas liberales estuvieron asociadas a la división de los poderes del Estado, el igualitarismo, la libertad negativa, la primacía de la ley y el predominio del gobierno constitucional. No bastaba conseguir la independencia, era necesario consolidarla, y la única manera de lograrlo era que los peruanos se «constituyesen» y que sus leyes fundamentales fueran revestidas de «decoro y majestad»12. La influencia de John Locke también se hizo evidente en la discusión propiciada desde las páginas de Los Andes Libres, donde se asoció la ley con la libertad13. Locke fue citado por los autores peruanos para validar una serie de conceptos muy cercanos al ideario liberal, como el de la libertad, el de la igualdad y el de la propiedad: la «facultad exclusiva de disponer y gozar a nuestro arbitrio del producto de nuestro trabajo»14. La publicación de las Bases de la Constitución de 1822 y la dación de la Constitución de 1823 son dos hitos de una larga polémica que se inició luego de la caída del Protectorado y que Jorge Basadre denomina «primer 18

ciclo doctrinario». Una de sus conclusiones fue que la soberanía residía en el pueblo y era este quien debía elegir a sus «representantes para pronunciar su voluntad»15. En el texto titulado Aptitud civil de la república, que se le atribuye a José Faustino Sánchez Carrión, «la ley» era presentada como el eje y motor de la sociedad y la tarea de los poderes públicos era servirla con «sabiduría y energía»16. Otro elemento fundamental para la buena marcha de un gobierno republicano era la opinión pública. El «poder irresistible de los gobiernos liberales» radicaba, de acuerdo con Sánchez Carrión, en la circulación libre de las ideas. Por otro lado, una educación ilustrada era requisito indispensable para la concreción de la agenda republicana, en clave liberal. Los redactores de La Abeja Republicana eran de la opinión de que una vanguardia intelectual responsable debía preparar al pueblo para vivir en libertad. Porque un pueblo ignorante jamás podría disfrutar de sus ventajas. Si el Perú quería ser parte de una «sociedad civilizada», era necesario que sus autoridades promovieran la adquisición de conocimientos17. La celebración de la trilogía libertad, igualdad y justicia no logró desterrar el cúmulo de contradicciones que marcó a una tendencia ideológica, el republicanismo liberal, que antes de convertirse en opción política exhibió una carga semántica ambigua18. Una serie de situaciones específicas, entre ellas la ausencia de un hinterland económico para los mentores del ideario republicano liberal —los que en su mayoría eran clérigos y abogados—, la inexperiencia política de sus líderes —en el Perú no se organizaron, como en otros lugares, juntas de gobierno— y el evidente desfase histórico de las fórmulas políticas que se articulan en el exvirreinato —en comparación con los cambios ideológicos que estaban ocurriendo en el escenario internacional—, hizo complicada la tarea de los liberales peruanos, quienes no lograron una hegemonía similar a la de sus pares rioplatenses o mexicanos. A las limitaciones anteriores habría que agregar la presencia de la agenda bolivariana, que tuvo como uno de sus objetivos principales el sometimiento de los políticos peruanos. Ello a pesar de que, en vísperas de su llegada, Simón Bolívar fue definido como el salvador de la república. El redactor de El Nuevo Día del Perú afirmaba que existían dictaduras déspotas y otras tendientes a la consecución de «la libertad de los pueblos» —la bolivariana correspondía a esta última categoría—19. 19

La aceptación de la dictadura a la romana, producto de una guerra larga y compleja, y de la impotencia civil en un escenario cada vez más militarizado fue preparando el escenario para la hegemonía de los generales peruanos, quienes en su camino a la consecución del poder se valieron de la prédica republicana, tanto en clave liberal como conservadora. Así, el republicanismo, asociado a la noción de ciudadanía en armas, tuvo muchos seguidores entre los miembros de la corporación militar peruana. ¿CÓMO LEER LA UTOPÍA REPUBLICANA A VEINTE AÑOS DE SU PUBLICACIÓN? Revisando la primera sección de La utopía republicana, denominada «Tradiciones en Conflicto», noto que, a pesar de haber señalado la existencia de una maquinaria político-militar, sostenida en una red de prefectos leales al general Ramón Castilla, no fui capaz de percibir la dimensión republicana del primer militarismo peruano. Sin embargo, el descubrimiento en Chile del archivo del Mariscal Domingo Nieto, trasladado ahí durante la Guerra del Pacífico, me ayudó a redefinir mi aproximación al siglo XIX peruano. Es por ello que en este estudio preliminar es importante reflexionar en torno a la cepa militar de la tradición republicana. Este ejercicio intelectual —que inicié en Soldados de la República (Mc Evoy & Rénique, 2010) y continué en La Guerra Maldita (Mc Evoy, 2015a)— no solo me permite matizar mi análisis inicial, calificado por algunos colegas de maniqueo20, sino que ayuda a comprender la presencia de los militares y la validación de la violencia e incluso de la «dictadura organizadora» como mecanismo para salvar la república. Un aspecto del republicanismo peruano poco analizado es su estrecha relación con la guerra. En un trabajo publicado recientemente sobre los elementos guerreristas en la obra de Sánchez Carrión señalé el vínculo entre teoría republicana y praxis revolucionaria (Mc Evoy, 2015b). La idea de una república en armas, dispuesta a ejercer la violencia contra sus enemigos internos y externos, puede ser un importante punto de partida para analizar la labor que cumplieron los políticos peruanos —entre ellos el «partido militar»— luego de declarada la independencia. En sus «Reflexiones acerca de la defensa de la patria», artículo publicado el 1 de diciembre de 1822, José Faustino Sánchez Carrión recordó que el objetivo de todo buen ciudadano consistía en «repeler con sus talentos y fuerzas físicas [los] proyectos ambiciosos de los enemigos internos y externos» del 20

Perú. Para ello era necesario verter la propia sangre e incluso ofrendar la vida en aras de la libertad. En su fase guerrera, la república peruana fue dotada de una misión moralmente superior, y ello se corrobora al revisar las proclamas del periodo. Debido al hecho de que la «ciudadanía armada» estuvo asociada al republicanismo clásico, Sánchez Carrión se permitió citar el ejemplo de los lacedemonios y los romanos con la finalidad de recordar a los peruanos que era preferible morir «mil veces» antes de dejarse avasallar por los tiranos. En el contexto de una república bajo asedio es que debemos volver a ciertas ideas fuerza del «Solitario de Sayán», quien, a pesar de ser un hombre de letras, no rehuyó la guerra a muerte contra el tirano. «¡Que corra la sangre» y «que sobre esa sangre de los mártires de la patria se levante el glorioso y magnífico edificio de la felicidad de nuestros nietos, aunque sea a costa de nuestra existencia»21. A pesar de sus grandes limitaciones, la opción republicana resultó siendo muy atractiva para las jóvenes naciones que surgieron luego de varios siglos de dominio colonial. Sin embargo, y tal como lo subrayó Xavier Luna Pizarro, el camino hacia la libertad estaba sembrado de problemas. La solución al dilema republicano, que se planteaba en tono dicotómico — orden-anarquía, solidaridad-egoísmo o corrupción-decencia— debía darse en el marco de una permanente experimentación. Sánchez Carrión evidenció su pragmatismo frente a la magnitud de los problemas que debían resolverse cuando señaló que el uso de «puras teorías» en política era un «verdadero crimen». Lo anterior da cuenta de esa suerte de constructivismo que caracteriza a la primera generación de republicanos moderados y su posterior opción por la guerra cuando ella se convierte en la única alternativa para obtener la libertad. De ello darán cuenta la sucesión de guerras, con presencia liberal y también conservadora, que marcan el siglo XIX peruano. La tarea política consistió en construir una república en el territorio de la contingencia. Por ello resulta necesario comprender la naturaleza de un proyecto que es inédito y, por lo mismo, de consecuencias imprevisibles. En el proceso que lleva a la concreción de la república imaginada que en varios momentos históricos muta en república armada se observan ciertas constantes que es importante recordar. La primera es la apuesta cerrada por la libertad y la igualdad, pero, también, la noción de que la historia clásica —plagada de ejemplos como las guerras civiles de la república romana— constituía una fuente inagotable de lecciones por considerar. Sin embargo, 21

las carencias estructurales de las jóvenes repúblicas, de las que dio cuenta Simón Bolívar en su «Carta de Jamaica», no desanimaron a los que opinaban que la instauración de un orden republicano era la única alternativa luego del derrumbe del sistema colonial. Por esa «porfiada insistencia» a favor de una fórmula política frente a la cual Europa empezaba a mostrar una profunda desconfianza, Hispanoamérica se convirtió, de acuerdo con Hilda Sábato, en «un campo de experimentación formidable» donde ideas e instituciones originadas en el Viejo Mundo fueron «adoptadas y adaptadas», al mismo tiempo que se «generaban y ensayaban prácticas políticas nuevas, diversas y de resultados inciertos» (Sábato, 2006, p. 263). Un asunto que merece subrayarse en la relectura del siglo XIX en clave republicana es la legitimación de la dictadura militar por parte de los civiles. ¿Cuál fue el proceso mediante el cual personajes de la talla de Sánchez Carrión y más adelante los miembros de la segunda generación de liberales —pienso en los hermanos Gálvez, por ejemplo— quedaron atrapados por la corporación castrense que finalmente mediatizó el proyecto republicano? Una república que no recurría a un dictador, señalaba Manuel Lorenzo de Vidaurre, estaba condenada a perecer en medio de los «terribles terremotos políticos» originados en el proceso de su misma creación. Dentro de esta línea argumentativa, el dictador era «un ciudadano» a quien se le habilitaba para que procediera «sin fórmulas, dilaciones y aparatos» a conseguir el bien público. La dictadura, una suerte de medicina transitoria para una república que, como la peruana, era incapaz de cuidarse por sí sola y menos construir su representación política, fue sancionada mediante el decreto del 10 de setiembre de 1823, el que estableció que «solo un poder extraordinario en su actividad y facultades» era capaz de «poner término a la presente guerra y salvar a la República» de los graves males que la agobiaban. Ello determinó que, luego del motín de Balconcillo y la disolución del Congreso por parte de José de la Riva-Agüero, el poder de «la suprema autoridad militar en todo el territorio de la República con las facultades ordinarias y extraordinarias» se depositara en manos de Bolívar. La legitimación ideológica de la dictadura militar no concluyó con la breve etapa bolivariana. El complejo sistema que pusieron en marcha los militares, en complicidad con los civiles —y que fue descrito por Francisco de Paula González Vigil como una «tiranía» que, bajo el pretexto de velar por «la salud del pueblo», empeoraba la «suerte de la 22

patria disipando su hacienda y poniéndola al borde del sepulcro» (González Vigil, 1951-1955, p. 437)—, fue defendido con elaborados argumentos por los teóricos del autoritarismo peruano, entre ellos José María de Pando, quien durante los años de la república temprana aseguró que «nadie en la infancia» de las instituciones republicanas «podía ceñirse rigurosamente al texto de la ley». Pando fue un activo defensor del poder —casi absoluto— del Ejecutivo e incluso abogó por la puesta en marcha de un proceso mediante el cual el gobierno debía generar su propia hegemonía. De lo que se trataba en realidad era de proveer de un blindaje ideológico a ese Estado frágil que, de acuerdo con Felipe Pardo y Aliaga, navegaba a duras penas en medio de una infinidad de tormentas políticas. Si bien es cierto que el manto de legitimidad provisto por el ala conservadora del republicanismo fue de enorme utilidad para la validación de los militares, estos cumplieron también una serie de funciones políticas muy importantes. Los generales, coroneles y capitanes que pelearon en Junín y Ayacucho construyeron sus redes de poder, en medio de la inestabilidad civil que sucedió a la independencia. Ellos también ensayaron prácticas políticas novedosas e incluso persiguieron objetivos republicanos de largo plazo, como la consolidación del Estado, el desarrollo de la infraestructura material y la promoción de «la reconciliación nacional. La lectura de la Memoria escrita por el general Domingo Nieto, publicada en Lima en 1839, permite observar cómo el vocabulario republicano-liberal logró infiltrar a los militares. A pesar de la evidente filiación castrense que provino de su participación en la guerra de independencia, Nieto defendió su posición frente al «partido de la fuerza», representado por su camarada de armas el general Agustín Gamarra. A diferencia del hombre que pasó a ser su enemigo jurado, Nieto enarboló valores de inocultable estirpe liberal. La «justicia a favor de los derechos comunes», la «libertad de los pueblos», la soberanía de la nación peruana, el voto popular, la importancia de la ciudadanía, el gobierno de la ley y el respeto por la opinión pública se convirtieron en los principales pilares de la república peruana imaginada por los militares. Describiéndose como «siempre franco y siempre republicano», el general Nieto subrayó en su Memoria opiniones, sentimientos y principios políticos tendientes a obtener la regeneración del Perú por medio de la eliminación de los faccionalismos. Dentro de un corpus conceptual que lograba combinar sin mayores problemas ideas liberales y deseos unanimistas, es posible 23

identificar una de las mayores obsesiones de Nieto y de la corporación militar de la cual fue vocero. Para el «soldado de la república», las disensiones intestinas eran causa exclusiva de «todos los infortunios» del Perú (Nieto, 1839, p. 39). El levantamiento de Arequipa contra el continuismo que intentó imponer el general Gamarra, y que aparece en detalle en la correspondencia de Nieto, puede brindar luces sobre la república militarizada y el ciudadano en armas que le sirvió de sustento. Dentro de este contexto, 1834 es un año decisivo para la organización política e ideológica del Perú posIndependencia. La alianza caudillo-pueblo, de la que ha dado cuenta el excelente trabajo de Gabriella Chiaramonti y de la cual Arequipa es un ejemplo temprano, planteó una disyuntiva difícilmente superable entre la representación liberal de la sociedad y su contraparte corporativa (Chiaramonti, 2005; Del Aguila, 2013). En la larga duración, la alianza entre el militar de turno y las corporaciones que lo apoyaban en su lucha contra el despotismo dificultó la creación de una soberanía moderna, unitaria, absoluta y homogénea. Sin embargo, en el corto plazo la alianza caudillo-pueblo permitió la puesta en marcha del proyecto republicano, en el cual se privilegia ese último concepto. Clement Thibaud (2003) observa que la solución provisional al problema de la ciudadanía fue su asociación con la milicia. El «pueblo virtuoso», que en teoría conformaba los ejércitos guerrilleros, actuaba de puente entre el imaginario republicano clásico y el moderno. Así, el momento irregular de la guerra tuvo un mérito incomparable: encontrar un pueblo para la naciente república. Esta mediación no solo fue funcional para la relación entre el Estado y el individuo, sino que permitió que ese pueblo huidizo de las constituciones liberales finalmente se corporizara. Refiriéndose a los poderes creadores de la guerra, Thibaud opina que la guerrilla constituyó un crisol de hombres de todos los orígenes y posiciones, unidos en la voluntad de servir a la república. En el caso de la revolución de Arequipa, Nieto señaló en una de sus cartas que el comportamiento de los arequipeños era comparable al de los ciudadanos de «las celebradas repúblicas de Grecia y Roma». (Mc Evoy, 2015a, t. 1, p. 100). El análisis de declaraciones e incluso misivas que expresan el hartazgo frente a las luchas entre facciones militares, además de sus secuelas sobre la sociedad civil, no debe distraernos de un hecho innegable: cada uno de los veteranos de Ayacucho se sintió portador de un retazo del manto 24

republicano. Esta suerte de talismán, adquirido en el campo de batalla, proveyó de la fuerza moral e incluso política para proseguir con una lucha interminable, en algunos casos relacionada con el ascenso militar. Es innegable, asimismo, la búsqueda de una quimera: regenerar la República, refundarla y curarla de sus males. «Allí quisiera estar para compartir» con ustedes «las fatigas de la campaña», le escribe Juan Antonio Lucero a Nieto en plena guerra contra el general Torrico. Lucero ansiaba regresar al Ejército para, desde ahí, «cooperar unidos a la salvación de la patria, que se halla al borde del abismo» (Mc Evoy & Rénique, 2010). De la tensión permanente entre los afanes renovadores, que constantemente demandaban una refundación republicana, y una realidad pobre y fracturada surgirá la retórica de la patria inacabada. Para «arreglar el Perú», le escribe el presidente Orbegoso a Nieto, se necesita de «un poder divino». Sumido en un profundo desaliento, el gran mariscal se reconfortaba con la idea de que sus huesos y los de todos los patriotas que luchaban por la causa de la libertad servirían para cimentar una República que tal vez las generaciones venideras terminarían «algún día» de construir. Si para los miembros de la élite, como Orbegoso, la República se tornó en un fantasma inalcanzable, para otros la guerra les permitió tocarla por primera vez. En el escenario volátil y convulsionado de la guerra civil e internacional que marcó la década de 1830, el concepto de República y su correlato, el de ciudadano, fueron penetrando el denso tejido social peruano hasta llegar a instalarse, definitivamente y como arma de lucha, en el imaginario de los sectores populares, tanto urbanos como rurales. Ya desde la etapa previa a la independencia los indígenas republicanos de Huaylas recurrían al discurso sobre «la libertad» y el «gobierno de derecho» para reclamar justicia y criticar a quienes los explotaban (Thurner, 2006, p. 12). La situación de guerra permanente que se vivió durante los años posteriores a la ruptura con España contribuyó a que, por ejemplo, los aliados indígenas de los militares —como los jefes guerrilleros huantinos Tadeo Choque y José Antonio Huachaca— fueran invitados por el gobierno de Orbegoso a formar parte del pacto republicano-liberal analizado en detalle por Cecilia Méndez. Así, diversos montoneros serranos fueron provistos por el mismo presidente de la República con el título de «buenos ciudadanos» de la patria. Como consecuencia de esta estrategia, que surgió al calor de una guerra civil a muerte, Huachaca firmará sus comunicados como «ciudadano Huachaca», 25

mostrando su uso particular de los recursos lingüísticos provistos por la retórica liberal de la élite (Méndez, 2014, pp. 315-316). La tendencia hacia una suerte de «democratización» del concepto «república» —al menos en el plano de los usos lingüísticos— no se circunscribió a las alturas andinas. Sarah Chambers ha observado la resonancia que la retórica republicana-liberal tuvo entre los artesanos, labradores e incluso entre los afrodescendientes en Arequipa, quienes declaraban, en 1831, ser «hombres de bien» debido a que se mantenían con «su propio trabajo». Unos años antes, y en una tendencia que asocia trabajo con República, un grupo de «honorables» labradores recibió el elogio de la junta departamental, que los consideró «hombres de virtud y honor» debido a que «comían el pan con el sudor de su frente» (Chambers, 2003, p. 219). Mientras que los militares, jefes guerrilleros, labradores y artesanos hicieron suyo el vocabulario republicano con el fin de incorporarse, por medio de «servicios a la patria» o del «trabajo productivo», a un pacto republicano-liberal que parecía abrirse a nuevos socios, los miembros de la élite costeña se valieron de aquel para atacar, en la prensa, al general Andrés de Santa Cruz y a su proyecto confederado. El republicanismo, definido como un «sistema de gobernar a los pueblos» mediante el poder de la «opinión pública», siguió siendo preeminente durante los años de las guerras civiles22. «Nuestra República» —señalaba en 1835 El Eco Nacional de Trujillo— está «invadida por la ambición del boliviano», cuyos afanes conquistadores atentan contra «el honor nacional»23. A miles de kilómetros de distancia, los emigrados peruanos en Chile sostenían que Santa Cruz era «un extranjero» que tenía como objetivo «dilatarse» sobre las «Repúblicas vecinas» con la finalidad de negar los principios liberales y restablecer «un imperio en el Perú»24. Al igual que en Chile, el gobierno en el Perú debía ser republicano y liberal, es decir, «representativo y constitucional», con leyes sancionadas «unánimemente por sus pueblos»25. Las veleidades monárquicas de Santa Cruz justificaban la defensa armada de «los principios republicanos» — soberanía política y territorial—, pues aquellos eran percibidos como una vuelta a la etapa colonial26. A pesar de que los militares tomaron prestados algunos retazos del ideario republicano liberal, su concepto más caro, el de libertad, fue perdiendo relevancia desde mediados de la década de 1830. De ello dio cuenta una comunicación publicada en 1834 en El Telégrafo de Lima, que subrayaba que la meta final de las naciones no era la consecución de la 26

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