La utopía republicana

Castilla pretendía era dar «formas legales» a una «torpe dictadura» con la finalidad de «recorrer más soberbia y altiva el vasto campo de las depredaciones» (Dulanto Pinillos, 1944, p. 189). La crítica al castillismo empezó a tomar forma a mediados de la década de 1850, mediante el discurso liberal. A través de este los compañeros de ruta de Castilla en la revolución de 1854 iniciaron un severo cuestionamiento a los pilares sobre los que reposaba el frágil modelo de su antiguo aliado. Los cajamarquinos, José y Pedro Gálvez, representantes de la intelectualidad provinciana, que había venido creciendo y nutriéndose a la sombra de la «pax castillista», especialmente en el campo educativo, iniciaron el embate contra los soportes ideológicos del régimen. El debate entre Pedro Gálvez y Bartolomé Herrera, su maestro, en el Convictorio de San Carlos, evidenció cómo el modelo elitista y autoritario defendido por Herrera comenzó a ser cuestionado por sectores urbanos que opinaban que la soberanía popular debía ser el eje central de la República. El colegio Guadalupe —fundado en la década de 1840 por el comerciante y hacendado Domingo Elías y regentado por el liberal Sebastián Lorente— se convirtió en el rival ideológico del bastión herreriano, el Convictorio de San Carlos. Los ataques contra Herrera y su «ideología unitaria» se manifestaron en el parlamento, en la prensa y en las publicaciones liberales (Vargas Ugarte, 1970), que empezaron a circular profusamente dentro de los círculos intelectuales urbanos. La monumental obra de Vigil, «Defensa de la autoridad de los gobiernos contra las pretensiones de la Curia Romana», fue un ejemplo de los intentos liberales por establecer la autonomía política del Estado y de la sociedad civil frente a las influencias de la Iglesia. En los seis tomos de su obra, Vigil se propuso, asimismo, detener los ímpetus de hegemonización ideológica de Herrera en el seno del gobierno84. El discurso liberal, neutralizado por Castilla durante el período posterior a la anarquía, se vio exacerbado, nuevamente, por las poderosas imágenes que la «República Francesa» proyectó en la mente de los fieles admiradores peruanos (Leguía, 1925). A nivel político, La Convención, 1855-1856, instaurada luego de la revolución de 1854, y de donde surgió la Constitución liberal de 1856, fue el núcleo central de las agudas críticas contra el régimen castillista85. Las intensas tensiones entre el Congreso —dominado por los liberales— y el Ejecutivo —controlado por Castilla— pusieron de manifiesto que nuevas opciones de descentralización política y gobierno democrático empezaban a ser esbozadas por una combativa oposición. La «asamblea de chiflados», 66

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