La utopía republicana

civilización»—, se alinearon banqueros, hacendados, industriales, consignatarios y todos aquellos que intentaban asegurar el triunfo de la sociedad política civil «contra la barbarie»220. Por otro lado, para los sectores medios y populares, «la República» significaba una vuelta a un orden de justicia y trabajo que había sido quebrado por la imposición del modelo guanero. Era probable que en la mente de muchos artesanos e intelectuales la «República Práctica» representara la posibilidad de cristalizar los frustrados anhelos liberales y democráticos, que las fracasadas revoluciones de 1854 y 1865 no lograron llevar a cabo. La descentralización municipal, la educación popular y una política económica de apoyo al trabajo y la producción nacional fueron puntos de convergencia entre los intereses de los sectores medios populares y los de la dirigencia reformista del joven movimiento político. Por otro lado, el viraje de la política económica que la dirigencia de la Sociedad Independencia Electoral prometió realizar propuso evitar no solo la bancarrota económica del Estado, sino el desencadenamiento de un desborde social de dimensiones incalculables. Era justamente con el anhelo de neutralizarlo que la proclama pública de la asociación se reiteraba en el neurálgico tema de «la fusión súbitamente operada en las clases que más apartadas habían vivido» y en «la armonía» que reinaba en «los círculos antagónicos» de todas las provincias del país221. La revolución militar del 22 julio de 1872, a escasos días de la trasmisión del mando presidencial y que buscó bloquear el camino de la Sociedad Independencia Electoral al poder, mostró, sin embargo, que el tejido social limeño estaba más dañado de lo que los reformadores imaginaron. En menos de 72 horas ocurrieron hechos trascendentales: el levantamiento del ejército contra la elección de Pardo, liderado por Tomás Gutiérrez, ministro del Interior de la administración Balta; el asesinato de este último en manos de los militares gutierristas; la ocupación de la ciudad de Lima durante 48 horas por parte de una multitud descontrolada; y el asesinato de Tomás Gutiérrez y de sus hermanos a manos de la «plebe» desbordada y enfurecida por el crimen cometido contra «el padre de la familia peruana». Es probable que los miembros de la Sociedad Independencia Electoral, que durante la campaña habían idealizado y convocado a sus «honorables» ciudadanos, no esperaran el «bárbaro» epílogo que la historia les tenía reservado222. Así pues, estaban los cadáveres semidesnudos de los hermanos Gutiérrez, colgados frente a la Catedral de Lima y que, iluminados por el 125

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