La utopía republicana

República temprana. La visión que tuvieron Castilla y sus lugartenientes de la política como un mundo caótico, inseguro y cambiante se derivó de un aprendizaje duro y prolongado. Por si lo hemos olvidado, durante la República temprana las facciones recurrieron incluso a la ayuda de ejércitos extranjeros para destruirse mutuamente y, así, conquistar el poder. El modelo político que surgió en el Perú de las cenizas de una década de guerra civil dejó huellas profundas tanto en el Ejército como en la sociedad civil. En la corporación militar lo que prima es el recelo frente al otro y una sensación de extenuación que raya en la indolencia. «Si la patria me ha impuesto tributo tan terrible, en hora buena», escribe Marcelino Hinojosa a Nieto, luego de enterarse del fallecimiento de su hermano Melchor en la batalla de Agua Santa. El militar aceptaba el sacrificio de «un hombre honrado» siempre y cuando este significase devolverle la paz al Perú. Si ello no ocurría y sobrevivían los malvados, «hijos no legítimos sino adoptivos de este Perú, y si las desgracias del país no terminan o disminuyen, tendríamos que maldecir a nuestras víctimas, inmoladas sin buen fruto». Tal era el dolor del subalterno de Nieto que ni los acontecimientos más extraordinarios, como lo había sido el triunfo contra las fuerzas leales a Torrico, podían producir «un buen efecto» sobre su alicaído estado de ánimo (Mc Evoy & Rénique, 2010). Hasta la fecha carecemos de una «cartografía» completa que permita describir el experimento político que surgió en el Perú en 1845. Lo que sí nos queda claro es que por la misma época en la que el telégrafo, el ferrocarril y el barco a vapor empezaron a revolucionar los fundamentos de la civilización occidental, los peruanos iniciaron una relativa tregua después de diez años de una espantosa guerra civil. En ese contexto, los epistolarios de Domingo Nieto ofrecen una serie de pistas que permiten entender la estructura burocrática encargada de modernizar el país e incorporarlo al mercado internacional. Con el dinero provisto por el guano —que fue administrado por los militares— el Perú construyó ferrocarriles que lo interconectarían, pero también se vio atrapado en una nueva ola de violencia y en una red de corrupción que mermó todos sus recursos y lo volvió vulnerable, interna y externamente (Quiroz, 2013). El irrefrenable belicismo de las décadas de 1850 y 1860 —que siguieron al Apaciguamiento Nacional impuesto por Castilla— tuvo un alto costo en vidas humanas. Tan solo en el hundimiento de la fragata «Mercedes», la que naufragó al chocar contra una roca, mientras navegaba por la costa 29

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