abominado, el «Estado Civilista» exhibiera la misma avidez por liquidez monetaria de sus antecesores. Aquella, obtenida en parte de la banca nativa, fue destinada para la preservación no solo del orden interno, sino para el mantenimiento del poder. Los cinco millones de soles que costó neutralizar la revolución pierolista, junto con los innumerables gastos que debió afrontar la administración con la finalidad de mantener la lealtad de los aliados estratégicos: maestros, artesanos, burócratas y militares, obligó al Estado a estrechar vínculos con sus partidarios dentro de la comunidad financiera370. La incapacidad de poder contar con el endeudamiento externo para hacer frente a los gastos regulares hizo aún más esencial la ya tradicional alianza. El peligro social que significó la presencia de veinte mil obreros ferrocarrileros impagos en las puertas de Lima imposibilitó la paralización de las obras públicas371. Por otro lado, resultaba políticamente imposible detener importantes tramos del ferrocarril al interior del país, debido a que para muchos de los grupos regionales adherentes a la causa, la llegada de aquel a sus pueblos era una de las promesas electorales más acariciadas372. También cabe anotar que en el contexto de agudos conflictos sociales que se vivía, la expansión espacial que posibilitaba el ferrocarril podría haber sido vista como el mecanismo capaz de contribuir en diluir muchas de las tensiones que la crisis del modelo exportador había provocado en el país. Así pues, el concepto de una frontera en expansión constituyó una imagen poderosa capaz de despertar adhesiones y esperanzas entre las frágiles burguesías provincianas373. Fue para satisfacer todas las necesidades sociales y políticas anteriormente expuestas que la alianza Estado-banca resultó imprescindible. Lo paradójico, sin embargo, no solo fue que significó un paliativo menor dentro de la inmanejable crisis interna que vivía el país, sino que arrastró a la comunidad financiera nativa a la suerte del «Estado Civilista». En vísperas de la Guerra del Pacífico, la banca peruana atravesaba serios problemas financieros y era el blanco de las acusaciones de los sectores desposeídos de la ciudad374. El grito «¡Muera la banca!» fue, en consecuencia, sinónimo del despertar de una conciencia popular que empezó a percibir lo irreconciliable de las posiciones existentes dentro de la ambigua y flexible ideología republicana, utilizada por el civilismo. Era evidente que dentro del término «clases laboriosas», que propició la coalición policlasista civilista, existían importantes diferencias sociales que los sectores populares empezaron a percibir375. 198
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