En la reunión que con motivo de su cumpleaños le dieron sus partidarios el 9 de agosto de 1876, Manuel Pardo señaló que era tarea fundamental del partido estar «vigilante y con el arma al brazo»347. Ese mismo día, treinta nueve diputados civilistas expresaron, mediante un comunicado en El Comercio, su total rechazo al nombramiento de Antonio Arenas como jefe del nuevo gabinete. Este, consideraban los suscritos, no inspiraba confianza debido a que estaba presidido por «el representante de un bando antagonista»348. Resultaba obvio que detrás del explícito y desafiante comunicado civilista se escondía el temor de que el programa de la «República Práctica» se viera desbaratado por las influencias que ejercía el antiguo aliado de Balta en el gobierno. Los temores no eran infundados. Las fuerzas políticas, castillistas-echeniquistas y baltistas que se habían venido regenerando durante varias décadas, y a las cuales el «Estado Civilista» intentó desalojar del poder, comenzaron a alinearse estratégicamente detrás de un nuevo aliado: el militar Mariano Ignacio Prado. Prueba del anterior matrimonio de conveniencia, en el cual el presidente entrante tuvo la posibilidad de contar con un aparato político alternativo al civilista, y la oposición con una sombra poderosa bajo la cual resguardarse fue la presencia activa del Mariscal Antonio Gutiérrez de la Fuente en la defensa de los fueros del Ejecutivo. Gutiérrez de la Fuente, militar veterano de las guerras de la independencia, quien tuvo bajo su mando a Castilla y Echenique, asumió el rol simbólico de defensor de las decisiones del presidente y de opositor de «la arrogancia exclusivista del Partido Civil»349. En el acta elevada al gobierno en la reunión del 20 de agosto de 1876, el grupo dirigido por el militar Gutiérrez de la Fuente sostuvo que el expartido gobernante, parapetado en el Congreso, buscaba «satisfacer sus propias conveniencias y no el bien de la sociedad». Era por lo anterior que la «más alta conveniencia nacional» era enfrentar a tiempo las pretensiones de un partido cerrado y opresor, que aspiraba a la «perpetua dominación de un pueblo viril»350. Luego de la reunión anticivilista presidida por el que fue el «mejor apoyo» en la vida de Castilla351, un grupo de exaltados, a los gritos de «¡Muera Pardo! ¡Abajo los civilistas! ¡A colgarlos, a romper la argolla!», se dirigieron a atacar la casa de Manuel Pardo, el Club de la Unión y la imprenta de El Comercio352 (Miró Quesada, 1961, p. 86; Martín, 1977, p. 9). El acta condenatoria y los ataques de «las turbas» a la propiedad privada de los civilistas no hacían más que evidenciar la 192
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