La utopía republicana

Memoria anual a los 12 000 «desgraciados» que vivían de la caridad pública y de la buena disposición de sus socios. Era evidente que de una población limeña de aproximadamente cien mil personas, la cantidad señalada por Carassa era sumamente preocupante174. Es probable que la emergencia de la ineludible «cuestión social» llevara a un grupo de limeños a estudiar detalladamente los dramáticos cambios que estaban ocurriendo en la capital del país. Si bien es cierto que la Beneficencia Pública era depositaria de muchas energías humanitarias que podían ser canalizadas en momentos de calamidad, el problema requería un tratamiento más global y de soluciones más concretas. En 1869, la carestía y la violenta alza de precios de los alimentos de primera necesidad por las que atravesó Lima obligaron al gobierno a establecer, mediante el decreto del 18 de noviembre, una comisión conformada por los miembros más representativos de los grupos económicos e intelectuales capitalinos. Aquella —en la que participaron Manuel Pardo, Francisco Rosas, Demetrio Olavegoya, Antonio Aráoz, Emilio Althaus, entre otros miembros fundadores de la Sociedad Independencia Electoral— dividió el análisis de la «cuestión social» en diferentes tópicos y elaboró cuestionarios en torno a cada uno de ellos. Este novedoso y temprano censo urbano permitió la elaboración de un informe final que, además de recomendar la popularización de alimentos baratos y asequibles a los sectores populares, subrayó que el motivo fundamental del alza de precios y de la carestía en los productos básicos radicaba principalmente en un desbalance entre la oferta y la demanda. En otras palabras, el país no producía lo necesario para su permanente alimentación175. Esta campanada de alarma no era muy novedosa que digamos, ya en 1859 Carlos Barroilhet, en un folleto de difusión —y unos años después los informes de Pedro Gálvez y Juan José Salcedo al Congreso—, había coincidido con el diagnóstico sobre la magnitud de la crisis176. Lo que ninguno de los sesudos análisis había señalado explícitamente, sin embargo, era la relación directa entre aquel desbalance económico y la implementación del modelo guanero. La compra y consumo, por parte de una población deslumbrada por el espejismo de «la prosperidad falaz», de numerosos productos extranjeros baratos había ido minando lentamente el aparato productivo del país. Atrapadas entre la competencia externa y los costos irreducibles, las industrias sustitutivas nacionales se encontraban, en la mayoría de los casos, quebradas o condenadas al fracaso177. El ingreso masivo de capitales y de productos importados, debido a la febril 106

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