La utopía republicana

republicano. Esta suerte de talismán, adquirido en el campo de batalla, proveyó de la fuerza moral e incluso política para proseguir con una lucha interminable, en algunos casos relacionada con el ascenso militar. Es innegable, asimismo, la búsqueda de una quimera: regenerar la República, refundarla y curarla de sus males. «Allí quisiera estar para compartir» con ustedes «las fatigas de la campaña», le escribe Juan Antonio Lucero a Nieto en plena guerra contra el general Torrico. Lucero ansiaba regresar al Ejército para, desde ahí, «cooperar unidos a la salvación de la patria, que se halla al borde del abismo» (Mc Evoy & Rénique, 2010). De la tensión permanente entre los afanes renovadores, que constantemente demandaban una refundación republicana, y una realidad pobre y fracturada surgirá la retórica de la patria inacabada. Para «arreglar el Perú», le escribe el presidente Orbegoso a Nieto, se necesita de «un poder divino». Sumido en un profundo desaliento, el gran mariscal se reconfortaba con la idea de que sus huesos y los de todos los patriotas que luchaban por la causa de la libertad servirían para cimentar una República que tal vez las generaciones venideras terminarían «algún día» de construir. Si para los miembros de la élite, como Orbegoso, la República se tornó en un fantasma inalcanzable, para otros la guerra les permitió tocarla por primera vez. En el escenario volátil y convulsionado de la guerra civil e internacional que marcó la década de 1830, el concepto de República y su correlato, el de ciudadano, fueron penetrando el denso tejido social peruano hasta llegar a instalarse, definitivamente y como arma de lucha, en el imaginario de los sectores populares, tanto urbanos como rurales. Ya desde la etapa previa a la independencia los indígenas republicanos de Huaylas recurrían al discurso sobre «la libertad» y el «gobierno de derecho» para reclamar justicia y criticar a quienes los explotaban (Thurner, 2006, p. 12). La situación de guerra permanente que se vivió durante los años posteriores a la ruptura con España contribuyó a que, por ejemplo, los aliados indígenas de los militares —como los jefes guerrilleros huantinos Tadeo Choque y José Antonio Huachaca— fueran invitados por el gobierno de Orbegoso a formar parte del pacto republicano-liberal analizado en detalle por Cecilia Méndez. Así, diversos montoneros serranos fueron provistos por el mismo presidente de la República con el título de «buenos ciudadanos» de la patria. Como consecuencia de esta estrategia, que surgió al calor de una guerra civil a muerte, Huachaca firmará sus comunicados como «ciudadano Huachaca», 25

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