peruana conduciendo un batallón destinado a engrosar el ejército del gobierno en la guerra civil de 1854, murieron 850 personas. A aquella «hecatombe humana», como la denominó el escritor José Arnaldo Márquez, habría que añadir los dos mil muertos en la batalla de Arequipa —un tercio de ambos ejércitos—, los 300 hombres que perecieron en el ataque al Callao, los 500 que corrieron igual suerte en el Alto del Conde (Moquegua) y los más de 850 lesionados que yacían gravemente heridos en los hospitales de sangre, el día posterior a la batalla de La Palma. En 1858, el general Castilla reconoció «el sacrificio doloroso de diez mil víctimas en todo el curso de la revolución y más de veinte millones del erario nacional», ello sin contar «las dilapidaciones» cometidas por los «revolucionarios». Dentro de un contexto de violencia generalizada, muchos políticos de la época plantearon que el mayor reto para el Perú era «sustituir la palabra revolución por la palabra progreso». Sin embargo, lo que nadie percibió con claridad fue que la violencia que explotaba de manera recurrente, sembrando muerte y desolación a los peruanos, se encontraba en la entraña misma de la republica militarizada. El baño de sangre que antecedió la inauguración de Manuel Pardo (1872), con un presidente saliente asesinado y los cuerpos de sus verdugos militares colgados del campanario de la Catedral de Lima, evidenció el fracaso contundente de la república militarizada y mostró la urgencia de un proyecto que se percibió como traicionado. El gran reto del civilismo fue desmantelar el aparato militar causante de la violencia endémica, además de la corrupción, que penetraba todos los estratos de la política peruana. Es por ello que la República Práctica liderada por Manuel Pardo actúa como una suerte de bisagra, al recuperar la tradición republicana primigenia y dirigir las energías hacia el futuro mediante el trabajo y la institucionalización del país. La fundación, el 24 de abril de 1871, de la Sociedad Independencia Electoral, marca la convergencia de una serie de desarrollos económicos, sociales y políticos que se remontan al fracaso de la primera república y a la Revolución Liberal de 1854. La coyuntura electoral 1871-1872, que desemboca en el triunfo de Manuel Pardo, el primer presidente civil de la historia peruana, estará marcada por la crisis del militarismo y de la economía guanera pero también por la resignificación del republicanismo nativo, a partir de su encuentro con el liberalismo político y económico. En 1872, los militares —quienes se autodenominaban «salvadores de la república»— se vieron confrontados por una vanguardia económico30
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