administración. El conflicto mayor se produjo debido a la ley del Congreso que votó a favor de la contratación de profesores extranjeros, principalmente alemanes, y a la difusión masiva de «El Educador Popular». La ola de rumores que circuló durante 1873 y 1874 en el país, principalmente en los departamentos del sur, exhibió un evidente contenido clerical. La mayoría de los rumores coincidieron en señalar los temores y preocupaciones del clero provinciano frente a los avances ideológicos del Estado civilista. Así, los temas estaban referidos principalmente al cierre de los conventos, al reemplazo de los frailes locales por profesores alemanes y a la incautación, por parte del gobierno, de los cuadros de las iglesias336. En Arequipa, el franciscano español José María Masiá fue el gestor de la resistencia a los avances de la reforma educativa estatal. Para demostrar su oposición, el fraile rebelde, en compañía de un grupo numeroso de «beatas» arequipeñas, quemó públicamente decenas de textos de «El Educador Popular» (Mc Evoy, 1994a, p. 237)337. La resistencia clerical arequipeña adquirió niveles alarmantes para las autoridades oficiales cuando algunas mujeres seguidoras de Masiá comenzaron a organizarse y tomar las calles, hasta el punto de apedrear hoteles, clubes e imprentas de la ciudad. Una de las participantes en dichas movilizaciones antigobiernistas, apodada «la Caifás», propició reuniones en su casa, desde donde un grupo de «beatas», después de adorar la cruz misionera, salió en manifestación dando vivas al Papa y mueras al gobierno. La insurrección llegó a tales límites que, incluso, un grupo de mujeres en una de las continuas procesiones citadinas arequipeñas obligó a un coronel del ejército a arrodillarse en la plaza y dar un beso a una imagen de Cristo338. Arequipa fue el núcleo más organizado en la resistencia a los avances ideológicos estatales, pero durante esos años Lima, Puno, Cusco y Moquegua también exhibieron una gran efervescencia proclerical339. Para el periodista arequipeño Francisco Ibáñez, en los desórdenes proclericales convergían «los trabajos» de curas, beatas y caídos. En aquellos trabajos se tocaba «la tecla más sensible» del pueblo: «el fanatismo religioso». Por su parte, el moqueguano Mariano Hurtado opinaba que los rumores intentaban aprovecharse de «frívolos pretextos para alarmar a la gente ignorante». Por otro lado, el oficial de celadores Simón Bedoya veía una clara conexión entre la agitación proclerical arequipeña con el movimiento subversivo limeño. De Lima, según el 177
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