intrigas»180. En contraste, la Junta Directiva del Club Universitario, encabezada por José Simeón Tejeda —encargado en 1865 de la reforma universitaria—, autodefinía al movimiento, liderado por el «ciudadano Manuel Pardo», como «los que guiados por una convicción sincera hemos abrazado la causa que juzgamos del orden y del progreso»181. La dicotomía orden-desorden, ciudadano-plebe o trabajo-vagancia, como muchos otros la visualizaron, permitió que la germinal identidad de los miembros de la Sociedad Independencia Electoral se fuera forjando a lo largo de la disputada campaña. La fórmula maniquea elegida, simple pero eficiente, se repitió como un estribillo pertinaz, por catorce meses, en todo el país182. Desde Tumbes, Juan Barreto describía al partido opositor, representado por Echenique, como un grupo de «gente perdida, prófugos del presidio de Guayaquil y fugitivos del departamento». El oficial del ejército Simón Becerra comentaba desde el Cusco que Echenique utilizaba «a la gente plebe más ruin con la plata y el alcohol». En Puquio, José Federico Cáceres describía a la reunión echeniquista como compuesta por «la plebe y algunos artesanos que no saben leer ni escribir, por consiguiente, pertenecen a ese partido sin constitución». Finalmente, desde Arequipa, Manuel Benavides narraba de manera muy gráfica el inicio de la campaña del expresidente Echenique en esa ciudad. Aquella se había instalado con un almuerzo y luego un desfile de una inmensa multitud, de casi dos mil personas, compuesta por: «alfareros, indios de panadería y todos los vagos y mal entretenidos. Una de sus banderas era conducida por aquel famoso ladrón Mariano Antenaza, que por varias veces [se había] escapado del patíbulo»183. Los profusos comentarios anteriores evidenciaban cómo el gran escenario nacional donde debía realizarse la «gloriosa» representación republicana tenía otros personajes de «origen espurio» merodeando y molestando. Las «muchedumbres ignorantes» habían reemplazado, paradójicamente, al «cortejo de honorables ciudadanos» que debían tomar parte en la construcción definitiva de la República. La razón de esta absurda situación estaba muy clara para Manuel Pardo y la dirigencia partidaria. La indiferencia y desaliento de «los hombres laboriosos» había provocado que las «minorías insignificantes» estuvieran en posesión de un poder que no solo no les correspondía legítimamente, sino que por su incapacidad de administrarlo estaba conduciendo al país al borde del 108
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