La utopía republicana

En el discurso de transmisión de mando el presidente saliente, Manuel Pardo, intentó, al igual que Elguera, hacer hincapié en lo «doloroso» del período de «transición» que le había tocado presidir al civilismo y en las posibilidades que en un futuro próximo esperaban al país. La esperanza de un mañana mejor era sutilmente aludida por Pardo cuando relevaba en su discurso de despedida que la hazaña del gobierno saliente había consistido, principalmente, en preparar las bases económicas y políticas de los gobiernos sucesivos. La consolidación de la institucionalidad, a través de la transmisión pacífica del mando, proveía, de esta manera, el manto de legitimidad necesario para la continuación y profundización de las reformas políticas y económicas que su administración habían iniciado. La ardua tarea de aminoramiento de la crisis y mantenimiento de la constitucionalidad del país se había podido llevar a cabo, según el presidente saliente, «con el esfuerzo uniforme de la Nación»254. Para la cohesión política anterior fue imprescindible la agresiva política de consolidación estatal en la que el régimen civilista se embarcó también. CONSOLIDACIÓN ESTATAL Y RESISTENCIAS LOCALES Desde que la campaña electoral de 1871 se inició, la Sociedad Independencia Electoral se propuso reconquistar los espacios políticos perdidos por los civiles en todo el país. Para lograrlo, la joven agrupación construyó sus propias maquinarias políticas en cada distrito, provincia y departamento del Perú (Mc Evoy, 1994b). Aquellas, complejas y sólidas, no estuvieron en manos de novatos y advenedizos, sino de políticos y notables provincianos que, por razón de la fluctuante situación política nacional, se habían visto alejados del poder. La Sociedad Independencia Electoral logró atraer a su causa, además de a los entusiastas y nuevos partidarios descontentos con el estado de permanente desorganización y guerra civil que prevalecía en el Perú, a los desilusionados liberales, vivanquistas, execheniquistas e incluso excastillistas que habían participado activamente en los intermitentes combates políticos de las decisivas décadas de 1850 y 1860. El partido político, jefaturado por Pardo, fue, en consecuencia, un catalizador de las antiguas y nuevas energías políticas desarrolladas durante muchos años en el país. Es por lo anterior que no resultó casual ver trabajar por el triunfo de la candidatura Pardo a veteranos de la revolución liberal de 1854 como el arequipeño Manuel Rivarola o el otuzcano Bernabé Altuna; a antiguos vivanquistas, como el diputado arequipeño José María Pérez o a los 153

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