La utopía republicana

importante hacendado norteño; Elías Mujica, agente de aduana que operaba en el Callao; Eulogio Salas y Carlos López Aldana, vanguardistas industriales textiles limeños; Enrique Marriot, dueño de la primera fábrica de gas limeña; junto a las dirigencias artesanales y universitarias, depositarias también, mediante patronazgo estatal, de las ganancias del auge exportador, buscaron un viraje en el manejo económico y político del país241. La destrucción de la nefasta ecuación guano-guerra civil fue la meta más acariciada. Era justamente en nombre de aquellos sectores favorecidos por «la prosperidad falaz», pero a la vez conscientes de sus peligros en el largo plazo, que Manuel Pardo se dirigió al Congreso de la República el 21 de setiembre de 1872. Es probable que ese día recordara cómo algunos años antes, durante su corta gestión en la Secretaría de Hacienda, se había embarcado en una tarea semejante; esta vez, sin embargo, la administración civilista creía tener un mayor control sobre la situación. En el discurso pronunciado ante las cámaras legislativas, Pardo propuso a los representantes nacionales la implementación de una nueva política económica, en la que la estabilización y la puesta en marcha de una imprescindible política fiscal eran tareas inaplazables. Para el presidente solo el restablecimiento del equilibrio entre rentas y gastos podían consolidar el crédito interno y externo del país. Para lograrlo resultaba fundamental la creación de recursos ordinarios internos. La fórmula para llevar a cabo lo anterior, «recaudación fiscal-producto inmediato y suficiente», sintetizaba, básicamente, la implementación de un paquete tributario integral242, en el cual se contemplaban impuestos directos e indirectos. Por otro lado, la generalización y regularización de la base tributaria y la administración de parte de lo recaudado por las municipalidades de la República tenía por finalidad no solo mejorar la recaudación fiscal —mediante la descentralización administrativa—, sino recuperar el control político de un país que tendía a la fragmentación y compartimentalización en estancos de poder aislados. La corrosiva ecuación guano-guerra civil, además de haber mellado las finanzas públicas, estaba diluyendo la precaria cohesión política nacional. En consecuencia, el sofisticado diseño ideológico y político civilista reposó sobre cimientos malolientes y resbaladizos. El «modelo guanero», cuya nutriente principal estuvo constituida por los préstamos internacionales, a través de la hipoteca del fertilizante, permitió el financiamiento de los gastos estatales y la creación de un proceso de 147

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