Aparicio, veterano de las Guerras de Independencia, se evidenció, a través de los sucesivos discursos, cómo la «candidatura ciudadana» congregaba por primera vez «a los padres de la Patria» y a los «hijos de la República». Uno de los oradores de turno graficaba de manera contundente esta simbólica unión, en la que confluían lo mejor del pasado y del presente político peruano, cuando afirmaba que: Aquellas preciosas reliquias que aún nos quedan de aquella grandeza militar que redimió al mundo oprimido durante cuatro siglos, vienen a confundir su patriotismo y su fe política con los que el glorioso «2 de mayo» levantaron el honor nacional a la altura de su heroísmo: los unos conquistaron con sangre y sacrificios la independencia de un continente; los otros derramaron la suya para conservar incólume tan precioso legado115. El acercamiento a «las reliquias» históricas entre las que se encontraban, junto con Aparicio, viejos generales «fundadores de la República» como José Miguel Medina, Rudecindo Beltrán, Manuel Arrieta, Isidro Frisancho y Alvizuri, tenía por meta apropiarse de los símbolos vivientes de la Independencia e incorporar el proyecto de la Sociedad Independencia Electoral dentro de una larga tradición de cincuenta años de historia inconclusa. En esta, los «padres de la República» habían inaugurado un tiempo histórico en el cual «sus hijos», los combatientes del 2 de mayo de 1866 —entre los que se encontraban Manuel Pardo, Simeón Tejeda, Enrique Elmore, Tadeo Antay, Benigno Febres, Lizardo Montero, Aurelio García y García y José Sánchez Lagomarsino—, participaban como herederos legítimos. Es por lo anterior que no fue una mera coincidencia la elección del 2 de mayo de 1871 como fecha de presentación oficial de la nueva agrupación política en el Teatro Odeón de Lima. En esa ocasión, el discurso del candidato puso de manifiesto la intención del grupo por él encabezado de asociarse abiertamente a la fecha histórica que había dado «a la patria un nuevo título de vida y a la nacionalidad peruana un testimonio de la legitimidad de sus existencia»; y se afirmó que la mejor manera de celebrar aquel «glorioso aniversario» era presentando el espectáculo solemne del «pueblo congregado tranquilamente para organizar los elementos con que espera sostener sus opiniones»116. Este intento de legitimización política mediante la relación dialéctica con el pasado «glorioso» de los próceres, precursores y héroes nacionales demandaba, asimismo, una ruptura con el pasado «tenebroso» inmediato, causa directa de todos los males del país. De lo que se trataba era de reinaugurar un tiempo histórico primigenio, continuador y realizador de la 85
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