La utopía republicana

enfrentamientos políticos, la presencia indígena como parte de la tropa de los caudillos que culminaban siempre sus disputas en la capital se vio incrementada. Así, durante los preparativos para el Combate del 2 de mayo de 1866, luego de la revolución Restauradora, llegaron a Lima numerosos contingentes indios desde los diferentes departamentos del país. Es válido sospechar que muchos de los soldados dados de baja, luego de la victoria contra España, se establecieron en la ciudad. En 1872, algunos meses antes de la revolución de los hermanos Gutiérrez, indios arrieros también, el aumento geométrico de la tropa indígena, principalmente a través del mecanismo de la leva, creó serias fricciones y rebeldías al interior del ejército200. Sin embargo, la presencia de indígenas por las calles de la ciudad como soldados, vendedores de frutas y verduras o como simples sirvientes domésticos no había preparado a los limeños para la imagen amenazante de «6000 indios armados de piedras y palos» en los cerros de Puno, que la rebelión de Huancané proyectó. El miedo que aquella suscitó hizo temer a más de uno «que la República» retrocediera en su camino o quedara «circunscrita a la costa». El editorial del diario El Progreso, publicado el 15 de mayo de 1867, durante la etapa más conflictiva del levantamiento, se refería a cómo la rebelión indígena había mostrado el estado de ignorancia e inmoralidad en el que se encontraba «la antigua raza peruana, componiendo casi una nacionalidad, con idioma, hábitos, ideas y prácticas especiales; incrustada como por la fuerza en la verdadera nacionalidad peruana»201. Lo que no decían los agudos comentaristas limeños, tal vez debido a la censura, era que la rebelión indígena que estalló a fines de 1866 y tuvo sus momentos más álgidos durante el año 1867, aparte de hacer obvia una textura social compleja y desconocida, estaba inscrita dentro de una decisiva coyuntura política nacional en la que se enfrentaban fuerzas políticas e ideológicas antagónicas202. En dicho conflicto, la opción liberal y reformista, representada por el jefe de la dictadura, Mariano Ignacio Prado, del que Manuel Pardo fue secretario de Hacienda, estaba siendo arrinconada y prácticamente derrotada por las fuerzas conservadoras coalicionistas del norte y el sur del país comandadas por el coronel Balta y el general Díez Canseco. Por tanto, en el contexto de la inestable política nacional no resultaba una mera coincidencia que el apoderado de los indígenas de Huancané y exdiputado liberal Juan Bustamante fuera brutalmente eliminado por los grupos que defendían la opción 115

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