La utopía republicana

los cuatro años de gobierno de Manuel Pardo se realizaron importantes esfuerzos para reactivar el aparato productivo y para ayudar a los sectores artesanales (Gootenberg, 1993, p. 157), pero la imposibilidad de llegar a un arreglo favorable con los acreedores internacionales agudizó aún más el endémico problema de la desocupación y la miseria. Esta situación irresuelta fue heredada, en consecuencia, por la administración siguiente358. Un caso particular que puede ilustrar el impacto de la crisis económica en las vanguardias civilistas es el de José Arana. Pequeño comerciante, propietario de una recua de treinta mulas encargadas de transportar carga al campamento ferrocarrilero de La Oroya fue un miembro de la Guardia Nacional limeña que participó activamente en la represión de la revolución pierolista de 1874. Un año después, el comerciante y antiguo partidario fue testigo de la ruina de su floreciente negocio debido al alza incontrolable de los intereses. Las deudas usureras, al 10 y 20% mensual, contraídas por Arana probablemente para obtener la mercadería con la cual surtir a los populosos campamentos serranos, eran ciertamente inmanejables. Para 1875, Arana vivía a salto de mata y acosado por sus acreedores. Para huir de ellos y en un dramático proceso de desclasamiento social, el ex guardia nacional se refugió en el monte Villegas, zona que él mismo calificó como «palenque de ladrones». En 1876, sus cartas a Pardo exhibían un tono agresivo; llegó incluso a ofrecerse como «matón» del partido. Su resentimiento contra sus antiguos copartidarios, los banqueros, era sumamente evidente: «entre nuestros amigos y partidarios no hay más hombre que el señor Riva-Agüero....los demás son unos déspotas e inútiles y negociantes y solo han sido buenos cuando han estado en el poder para arruinarme»359. A pesar de que los efectos de la crisis tocaron con fuerza también a sectores de la dirigencia partidaria, como el lanero puneño Manuel Costas, por ejemplo360, para muchos simpatizantes como Arana, durante el estrepitoso colapso del modelo guanero se había quebrado aquel espíritu de cuerpo que el discurso civilista hábilmente defendió en su campaña361. El resentimiento de los «hombres laboriosos» contra una estructura financiera —la banca limeña—, que durante 1874, el año más álgido de la crisis, había logrado negociar eficientemente 42 millones de soles en acciones y bonos, venía de antigua data362. Durante el proceso de la organización de la Guardia Nacional, a inicios de la administración civil, aparecieron las primeras fricciones. En el pequeño núcleo de poder de «los 195

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