para ponerlo en pie. No se trató de un movimiento más en la historia nacional, sino de un episodio cuya irrupción puede rastrearse en los ideales de la emancipación y cuya influencia se expande hasta bien entrado el siglo XX. Obviamente, el republicanismo, como acción política e intelectual, debía enfrentar otras tradiciones políticas en el país. En especial, lo que Mc Evoy llama el patrimonialismo, encarnado sucesivamente en administraciones previas y posteriores al mandato de Pardo (1872-1876). Este patrimonialismo campea, por ejemplo, con Castilla y la utilización del guano para aceitar clientelas. Y del lado ideológico, viene en su ayuda un discurso reaccionario del bien común inspirado de Bartolomé Herrera. Juntos —guano y conservadurismo— consiguen estructurar una forma de mandar sobre el país que excede a los gobiernos de Castilla. Alianzas y prácticas configuran una cultura política difícil de erradicar y que, en distintas versiones, sobrevive hasta 1919 en que el libro cierra su estudio. Por tanto, el republicanismo no era mero ideal, era un proyecto político obligado a arrinconar a otro dominante. Su objetivo es introducir y construir al ciudadano, revitalizar al municipio, jugarse por la educación, en medio de un sistema regido por la «soldadesca» y la «plebe asalariada». La apuesta por la educación y la ley es combatida desde la iglesia y los cuarteles. No es tarea mía adelantar aquí la manera en que el alambique de la política nacional destila estas matrices en conflicto. Sí hay que mencionar, en cambio, la ambivalencia y utilidad del fracaso civilista. Acaso fuese prueba de debilidad la imposibilidad de reinventar el país de un solo golpe de timón republicano, pero es prueba de fortaleza secular de ese mismo republicanismo, la capacidad de reaparecer y readaptarse en distintos momentos de nuestra historia. En segundo lugar, no debemos ningunear la autoridad moral del fracaso de las causas buenas y necesarias. No el fracaso como destino nacional, sino el fracaso como consecuencia de lo deseado y que podría no haber descarrilado. «Mi acta de ciudadanía — escribió el ciudadano Monsiváis— se arma con la suma de causas perdidas que me han importado y que continúan haciéndolo». Porque la ciudadanía es crítica y es acción. El recuento de Mc Evoy es, entonces, el inventario de lo fallido en un nivel, pero en otro, eso mismo constituye la construcción exitosa de un nuevo partidor para el próximo intento republicano. 9
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