La utopía republicana

mantuvieron vivo el antiguo ideal de la educación nacional, mediante la alianza con el Partido Civil en los nuevos esfuerzos reformistas304. Los núcleos magisteriales provincianos, junto con importantes círculos intelectuales limeños cohesionados políticamente en el Club Universitario, ejercieron, de la mano con el Estado, la tarea de hacer realidad la novedosa pero constantemente fracasada Ley de Instrucción de 1855, que, reformulada a través de decenas de decretos debido a los vaivenes políticos, era —según las palabras de un experto en la materia— un «grotesco, informe y sucio edificio» (Pasapera, en Villarán, 1913, p. 557). El Reglamento de Instrucción de 1876 dictado por el gobierno de Pardo constituyó un importante esfuerzo por subsanar la fracasada y a la vez anhelada reforma educativa. La contratación por parte del Estado de un plantel estable de maestros calificados, nacionales y extranjeros, así como la fundación de las escuelas de ingenieros civiles y de minas, de agricultura y de ciencias políticas y administrativas —además del incondicional apoyo, mediante la imprenta estatal, a decenas de publicaciones especializadas en temas relacionados con la educación—, no solo dignificaron la tarea magisterial, sino que permitieron cooptar y canalizar las energías dispersas de muchos intelectuales nacionales305. La trayectoria de José Arnaldo Márquez, un importante educador e inventor de la época, puede graficar la interesante asociación entre intelectuales-Estado que el gobierno civil posibilitó mediante patronazgo. Márquez, colaborador en la Revista de Lima con artículos de corte social, fue un temprano y cercano aliado de la administración civil306. Es probable que su estancia de algunos meses en los Estados Unidos haya determinado su visión moderna sobre los sistemas educativos y sobre el rol que los intelectuales, como él, debían desempeñar en el proceso de construcción de una ideología nacional (Márquez, 1862). Entre 1873-1877, Márquez fue el artífice y director de El Educador Popular, un periódico de difusión nacional publicado en Nueva York. Aquel, como su nombre lo indicaba, fue un serio intento, organizado desde el Estado y dirigido a los maestros, por difundir masivamente métodos y contenidos para la instrucción popular en toda la república. Márquez no fue, sin embargo, el tradicional intelectual desconectado del mundo real. En los intensos años de la «República Práctica», el innovador inventor de una imprenta, cuyos planos guarda la Biblioteca Nacional, además de ser el principal organizador de la democratización de la palabra escrita y activador de energías poderosas entre aquellos que empezaban a reconocerse como actores históricos, 168

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