íntegramente al servicio de la deuda externa, cuyo peso representaba el 77% de los ingresos del país247. Por otro lado, el empréstito de 1872, herencia del baltismo, había sido un fracaso debido a que, del total emitido, el público solo había suscrito 230 000 libras esterlinas. La razón del anterior impase, determinante para la buena marcha financiera del país, tuvo diversas explicaciones, entre las que destacaban la extinción de los depósitos del guano, la incapacidad del Estado peruano para atender puntualmente el servicio de los empréstitos, la distracción de los capitales europeos hacia un importante empréstito francés y la nueva tendencia cautelosa del inversor inglés frente a los negocios con Latinoamérica248. Lo que quedaba claro de todo lo anterior era que el tradicional financiamiento estatal, vía empréstitos, había entrado en una fase de retracción debido a la crisis del capitalismo internacional y, como habían previsto muchos intelectuales peruanos a lo largo de varias décadas, el Perú estaba obligado a vivir de sus propios recursos (Gootenberg, 1993). Sin embargo, en el mundo de las realidades concretas las cosas no eran tan simples como lo planteaban los teóricos. La ruptura súbita con los proveedores de los fondos, que habían permitido la casi artificial vida de la economía peruana, podía resultar siendo una solución contraproducente para la estabilidad interna del régimen. Los ineludibles «gastos corrientes», dentro de los cuales estaban involucradas no solo las retribuciones, mediante sueldos, a los diferentes miembros de la coalición civilista —autoridades políticas, maestros, guardias nacionales, celadores, gendarmes, burócratas, etcétera—, sino también el pago puntual de los jornales de veinte mil obreros chilenos que trabajaban en la construcción del ferrocarril, demandaban un flujo de capital del cual el «Estado Civilista» carecía y el cual resultaba vital para su estabilidad y sobrevivencia. Es por lo anterior que la administración Pardo, en su prueba de fuego política, ensayó las gastadas fórmulas del pasado —estabilización fiscal y renegociación de la deuda—, pero probó, también, la innovadora de la intervención bancaria y de la estatización. En consecuencia, el combate por sentar bases materiales sólidas para el Estado se llevó a cabo en escenarios europeos y peruanos. Las respuestas del gobierno civil a la crisis económica fueron numerosas. Sin embargo, ante su intensidad, el programa económico se fue radicalizando hasta llegar, incluso, a la intervención estatal sobre la actividad bancaria, a la estatización salitrera y a la cesación de pagos de la deuda externa. La medida inicial de reducir los gastos estatales no 149
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