La utopía republicana

Augusto B. Leguía; o el «nuevo Perú», de Víctor Raúl Haya de la Torre; hasta el velascato, propiciador de la formación del «hombre nuevo»; el neoaprismo del «futuro diferente» e incluso el modelo fujimorista actual, que se publicita como el mandato que ha cambiado en unos cuantos años la historia republicana, el discurso político nacional se ha caracterizado por cancelar el pasado, dominado por el «otro», y fundar en su lugar un tiempo nuevo y en muchos casos «regenerador»34. El «otro», en la mayoría de veces, ha sido caracterizado como el político tradicional corrupto e incapaz de llevar a cabo las reformas que el país esperaba y que la administración renovadora cristalizaría35. Lo interesante es que al cabo de algunos años, el grupo renovador se convertía en «el otro» y terminaba siendo cuestionado y arrinconado con sus mismos argumentos, por un contrincante más audaz y algunas veces más radical36. El corolario de esta discusión secular ha resultado no solo en la precariedad y fragilidad del sistema institucional peruano, sino en una herencia cultural de intenso rechazo y desconfianza por parte de la población hacia la política, sus ideas, sus formas organizativas, y su historia37. La tendencia anterior, reforzada por una práctica de muchas décadas, se vio legitimizada tempranamente por las corrientes de pensamiento, críticas del ordenamiento político tradicional, que comenzaron a tomar forma entre los intelectuales peruanos luego de la humillante derrota frente a Chile en la Guerra del Pacífico. Era necesario, como ejercicio de catarsis y liberación mental, encontrar chivos expiatorios para todo el horror y destrucción que significó la guerra, y quién mejor que aquellos políticos que habían conducido al país hacia el desastre. El paradigma por excelencia de esa diatriba lapidaria y destructiva hacia la política y los políticos fue Manuel González Prada. El combativo literato, autor de Horas de lucha, paradójicamente un político frustrado, utilizó su pluma para sentar la matriz histórica del secular repudio que han desarrollado los intelectuales peruanos hacia el poder y sus representantes. El pensamiento iconoclasta de González Prada marcó no solo el difícil período de la postguerra sino todo el temprano siglo XX, e incluso sigue rondado el escenario político actual como un fantasma burlón. En Horas de lucha, Gonzales Prada señalaba cómo «política» era sinónimo de: «traición, hipocresía, mala fe» y de «podre (sic) con guante blanco». En aquella, nunca habían reinado «la ciencia y la honradez» sino «el trampolín y la maroma». Su ataque a los políticos, «charlatanes, 38

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