La utopía republicana

conducían a nada; la segunda, que los esfuerzos políticos aislados eran estériles; y la tercera, que resultaban peligrosas e inmanejables las alianzas tácticas con los militares (Basadre, 1929a, 1929b; Mc Evoy, 1994a, pp. 255-260). Es por ello que desde el inicio de la campaña la dirigencia de la Sociedad Independencia Electoral reformuló el juego político del pasado y subsanó sus errores. El establecimiento de una jefatura civil liderada por Manuel Pardo, que a diferencia de los antiguos aliados militares de los civiles como Castilla y Prado, poseía sólidas convicciones republicanas; y la convocatoria a todos los ciudadanos de la nación con la finalidad «que colaborarán en la realización del programa de libertad, progreso y orden constitucional» en el que se resumía «el porvenir de la República», estaban inscritos dentro del renovador intento de devolverle el liderazgo político a los civiles y de ampliar, asimismo, las bases participatorias de su movimiento político (Proclama de Sociedad Independencia Electoral). Sin embargo, una cosa era conquistar las mentes de los posibles simpatizantes mediante la formulación de símbolos y de elaborados alegatos legitimizadores, que probablemente pocos entendían y muchos estaban cansados de oír, y otra conquistar y llenar el escenario político nacional con los rostros de los desconocidos actores de la gesta republicana. El reto que se propuso la Sociedad Independencia Electoral fue, en consecuencia, transmutar las palabras e ideas en acciones concretas; en otras palabras, conquistar la geografía política nacional. La construcción de una maquinaria política con bases de apoyo en la mayoría de los departamentos —sustentada por un eficiente sistema de comunicaciones y de prensa y propaganda— permitió a la asociación política liderada por Manuel Pardo no solo lograr la admirable hazaña «ciudadana» de arrebatarle el poder al candidato gobiernista, el abogado y parlamentario Antonio Arenas luego del retiro del general Echenique de la contienda electoral, sino que posibilitó una temprana articulación política entre las principales zonas urbanas del país136. La arremetida de un agresivo discurso, que desde que apareció tuvo proyecciones nacionales, generó las tempranas adhesiones de muchos que percibieron en esta simbólica e imparable «bola de nieve» la evidencia contundente de que «una nueva vida política» discurría «de Tumbes a Loa» por toda la extensión del territorio nacional (Fuentes Castro, 1921; Mc Evoy, 1994a, pp. 288-289). En tal contexto de revitalización política anterior la conquista de los espacios políticos tradicionales —los círculos 91

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