La utopía republicana

vida de los sectores urbanos del país. Dentro de ese contexto económico, se ubica el trabajo pionero de Paul Gootenberg (1998) en que muchos peruanos imaginan una suerte de desarrollismo a la peruana. En el mundo rural la lucha se dirigirá a la abolición de la esclavitud y del tributo indígena, que se consigue durante la Revolución Liberal (1854-1855). Sin embargo, la estructura social no cambia mucho y ello se nota en la cúpula del civilismo y en la propuesta educativa que, como discuto en la sección dedicada a La República Práctica, reparte el «capital cultural» de acuerdo con el posicionamiento social de los actores. Ello sin negar la incorporación de artesanos en el Congreso de la República que promovió el Partido Civil. Un cambio cualitativo ocurrirá, algunos años después, durante la revolución de 1895 liderada por Nicolás de Piérola. A pesar de ser un enemigo jurado del civilismo, el califa llegará a un acuerdo político con los miembros de dicho partido. En el camino a la remoción del «tirano» Andrés Avelino Cáceres, paradójicamente el héroe de la resistencia contra la invasión chilena, se revivirá la doctrina republicana junto con la guerra de guerrillas —la montonera— que modeló el siglo XIX. La utopía republicana se encarna en las regiones que, al igual que en las guerras liberales del siglo XIX, pelearon por su autonomía además de por una cuota de poder en las decisiones que competían a toda la nación. La ciudadanía en armas irá acompañada de un discurso muy potente que nos recuerda al de la república temprana, al de los alzamientos liberales y aquel de la movilización que culminó con la llegada del civilismo al poder. Una serie de problemas, de corte político, impedirán continuar con el proceso de democratización planteado por Piérola y sus aliados mesocráticos y, paradójicamente, mediante una ley electoral —la de 1895 — se restringirá el universo electoral que recortará la participación de los indígenas. El epílogo de La Utopía Republicana es la llegada al poder de Augusto B. Leguía, quien espectaculariza la política, al cooptar al indigenismo decimonónico y proponer una modernización en la cual los negocios y no los ideales ocupan un lugar relevante. La figura de Abraham Valdelomar, uno de los gestores de la Patria Nueva leguiista, sintetiza la teoría y la praxis de un experimento que debe abordar, tal como los del siglo XIX, no solo una modernización periférica sino una apuesta donde la inclusión es parte de la retórica, pero ya no de una política consecuente con un legado tan rico como el republicanismo decimonónico. 32

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx