Castellana de 1737: la de «res pública», o cuerpo político, y la de pueblo o ciudad. Respecto a la primera, José Ignacio de Lequanda, redactor del Mercurio Peruano (1791-1795), señalaba que la falta de empleo y las pretensiones sociales de las clases menos privilegiadas eran responsables de los daños morales y políticos que sufría el Virreinato del Perú, lo que estaba llevando a «la República a su propia ruina»9. Así pues, el concepto de «república» que manejaron los redactores del Mercurio exhibe un aire de familia con el humanismo cívico de estirpe latina. Para el mismo, el orden, la moral y la virtud eran los fundamentos de toda sociedad civilizada. Este discurso republicano primigenio distó de ser monolítico y, por tal razón, para comprenderlo se debe considerar también su conexión con la tradición hispánica. Al igual que el republicanismo clásico —pero contraponiéndosele por su tendencia de hacer prevalecer, como lo señala Skinner, «la razón de Estado» por sobre todas las demás—, esta vertiente promovió el accionar del «hombre virtuoso, cristiano y de buena opinión» para la búsqueda del «bien común de la República». No ser «un buen republicano», es decir, despreocuparse por la cosa pública, podía acarrear «la confusión de todo el cuerpo social». Acerca de la segunda acepción, la de pueblo, ella guarda relación con el sistema político implantado por España en el ámbito local. De acuerdo con la teoría legal hispánica, la Corona dispensaba privilegios y estipulaba obligaciones —obviamente distintos y desiguales— a cada repúblicanación, tanto de indios como de españoles. La legislación se tradujo en las reducciones de indios, los que fueron reubicados en «pueblos cristianos», donde al vivir «en república» serían capaces de adquirir las virtudes, la civilidad cristiana y el buen gobierno. La «República o pueblo de Indios» emerge en el Perú, en medio de la crisis del siglo XVII, como el foco de la cultura política, judicial y religiosa de su población indígena (Thurner, 2006, pp. 34). El concepto de república estuvo asociado, por otro lado, con el saber ilustrado, sus mecanismos de difusión y sus representantes más preclaros. Eusebio de Llano y Zapata opinaba que la biblioteca y los periódicos eran los espacios más favorables para la construcción de una «república de las letras» (Tauro del Pino, 1951, pp. IX-XVII). De la relación entre la república y el saber ilustrado dio cuenta un redactor del periódico El Peruano, quien en plena primavera liberal recordó que «la ruina de las repúblicas» se debía al «egoísmo fatal» de su sector pensante10. Unos años después, y con ocasión de su elección como presidente del Congreso, 17
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