llevar a cabo (Gootenberg, 1993, pp. 89-111 y 208). Por otro lado, la espectacular exhibición de la producción nacional, que tuvo lugar en Lima en 1869 durante la gestión de Pardo en la alcaldía de Lima, fue la prueba más contundente del despliegue público que quiso realizar la élite intelectual y económica peruana, junto a los sectores «productores», sobre las riquezas y potencialidades del país217. La Exposición Industrial Nacional, convocada por primera vez en la historia, fue una muestra pública de que se estaba definiendo a la nación peruana en términos productivos. En el discurso de inauguración del evento, Pardo hacía explícito que la convocatoria limeña había posibilitado que la capital apreciara las riquezas que la república peruana albergaba218. Sin embargo, junto a este optimismo desbordante sobre las potencialidades del país, los años de la prosperidad falaz despertaron muchos temores e inseguridades. En 1869, año de inauguración de la Exposición Industrial, circularon rumores de que un cataclismo destruiría la ciudad de Lima. La predicción de Falb no solo aterrorizó a los limeños hasta el punto de crear una violenta baja en los precios de los inmuebles, sino que fue el tema de una obra de teatro y de muchas acaloradas discusiones. En Ica, en ese mismo año, una peregrinación multitudinaria acompañó hasta su última morada a una «santa» popular, la beatita de Humay, responsable de innumerables milagros y curaciones. En Puno, por otro lado, muchos partidarios del asesinado Juan Bustamante esperaban con ansías su resurrección. El ambiente que se respiraba en el país por esos años era de incertidumbre y de expectativa. El editorial de La Patria así lo entendía cuando afirmaba que el país vivía momentos determinantes en los que se estaban echando «las bases de una nueva era, cuya fisonomía especial se oculta entre las dudas y la oscuridad del porvenir»219. La inflación galopante, las sucesivas guerras civiles y el incremento de la miseria y de la delincuencia habían creado una gran sensación de inseguridad entre la población urbana del país. En este contexto, el ideal de «la República» significó una esperanza para muchos miembros de la cada vez más polarizada sociedad peruana. Para los sectores propietarios, «la República» era la concreción de un ordenamiento social, que permitiría el resguardo de la ley y, sobre todo, de la propiedad. El tan ansiado orden, que cada vez era más precario, podía hacerse realidad si «los decentes» asumían una posición política decidida. Es por ello que en la dirigencia partidaria de la Sociedad Independencia Electoral, junto con el exitoso empresario Manuel Pardo —líder de las fuerzas que «custodian la vida y la 124
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