prejuiciosa del problema propuesto y negarse a dialogar con los actores históricos o con «los muertos», como desdeñosamente los llamó. El seudodiálogo, por otro lado, con el «muerto» Pardo, sumamente pobre y fragmentado, nos dice muy poco de lo que realmente la «burguesía» peruana se propuso conseguir. La mayor equivocación de Bonilla fue, sin embargo, afirmar, sin base empírica sólida, que el primer civilismo no fue un proyecto político dirigente con adhesión popular. La carencia, por parte de la burguesía peruana, de valores y objetivos, capaces de sensibilizar a las clases populares, es una gruesa afirmación que intentamos rebatir en este trabajo (Bonilla, 1974a, pp. 18-19 y epílogo). Por otro lado, Julio Cotler en Clases, Estado y nación en el Perú — concebida originalmente como prólogo a otro momento «culminante», la revolución velasquista— afirmó, en el mejor estilo fundacional peruano, que en el país no había existido «un corte histórico desde el siglo XVI» que hubiera significado «un momento nuevo y diferente en su formación social». Así, el autor observaba que solo a mediados de 1950 se había dejado traslucir en el país «el carácter contradictorio con que se desenvolvía la sociedad peruana». Las cruciales y decisivas décadas del sesenta y setenta del siglo XIX —en las cuales resurgió una ideología cohesionadora y comenzaron a tejerse las redes políticas nacionales y se agudizaron las contradicciones sociales y económicas que propició el frente nacional y socialmente heterogéneo y que el partido Civil canalizó — fueron para Cotler de «disgregación en todos los niveles». Para el autor, el Perú del XIX fue un «archipiélago, desintegrado e incomunicado» y el partido Civil, tan solo el representante de la clase guanera liderada por Pardo. Este dirigía un grupo de «liberales pragmáticos», que buscaban realizar el «desarrollo hacia afuera». A pesar de que este trabajo, en palabras modestas de su autor, no pretendió ser «una historia social o política del Perú» es hasta hoy, junto con el de Bonilla, con todas sus gruesas generalizaciones, el paradigma más conocido y utilizado (Cotler, 1987, pp. 80-91). La sangrienta década de 1980 —en la cual el modelo político autoritario violentista, nutrido al amparo de muchas discusiones y un sinnúmero de fracasos y frustraciones, parecía imponerse— inició los estudios, entre algunos intelectuales, sobre los temas de pensamiento político peruano. El derrumbe, lento pero seguro, del edificio institucional obligó a muchos a regresar al «escenario del crimen», o como alguno llamó «de las tradiciones», para tratar de entender dónde se había originado el caos 42
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