libertad, sino de la felicidad, para lo cual debían primar el orden y la instrucción27. La vuelta al discurso de la libertad durante las décadas de 1840 y 1850 pone en evidencia el hartazgo frente al predominio militar, así como la resonancia de la revolución francesa de 1848 entre la intelectualidad peruana (Sobrevilla, 2002). Unos años antes de este importante evento, un editorial de El Comercio había denunciado «la violenta transformación» experimentada en el seno del «gobierno popular y representativo» del Perú, el cual se había convertido en una «farsa dictatorial»28. Los sucesos de la Semana Magna, ocurridos en 1844, muestran que el objetivo de la fallida revuelta de los «ciudadanos armados» contra el militarismo no fue solo el intento de resolver el problema de la representación civil en la política, sino una apuesta por preservar un orden social que se creía perdido en los años de las guerras civiles (Peralta, 1999, p. 252). Con la finalidad de desplazar a los militares, quienes por muchos años habían sido los guardianes del orden republicano, la rebelión civil en pos de una «República majestuosa» se valió de la opinión pública y de una reelaboración del concepto de ciudadanía. Ahora sabemos, luego de leer las cartas enviadas por Castilla a Nieto, que la tarea que se propusieron los civiles liderados por el prefecto de Lima, Domingo Elías, fue una gran quimera. Las palabras y las buenas intenciones de los ciudadanos armados liderados por el comerciante iqueño eran irrelevantes frente al poder de un Ejército que hacia 1844 contaba con suficiente pólvora para «abrasar» todo el continente (Mc Evoy, 2010). Luego de ser elegido presidente constitucional en 1845, el general Ramón Castilla —sobreviviente de esa suerte de darwinismo social que ocurrió al interior del Ejército peruano— refundó una vez más la República peruana. La reconciliación nacional —«perdón y olvido del pasado»— y la consecución de los ideales de la independencia —la «representación nacional», la «Constitución y las leyes»— se convirtieron en la tarea esencial de los «soldados de la República». Por su misión fundamental, que era sofocar «las pasiones» e imponer «silencio a las discordias», el militar peruano será representado como un modelo de patriotismo y de servicio a los «sacrosantos derechos de los pueblos»29. Si bien desde 1826 los militares fueron incluidos, en calidad de «libertadores», en el primer pacto republicano, fue a Castilla a quien correspondió refrendar un privilegio adquirido en la guerra, señalando además que la construcción nacional y la pacificación eran su corolario 27
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx