La utopía republicana

remuneración y un «destino»— a los sectores leales a la causa, empezaron a aflorar las primeras fricciones en la coalición policlasista que llevó al poder al Partido Civil322, que fueron un anticipo de la abierta guerra social que fracturaría a la agrupación en los años posteriores. En Arequipa, ciudad donde un grupo de artesanos habían formado un batallón con su propio jefe elegido dentro del mismo gremio, el oficial de celadores de la zona observaba con preocupación semejante desacato frente a las autoridades oficiales323. Si bien es cierto que el caso arequipeño podía representar una evidencia aislada en el contexto de un soterrado conflicto de poderes, en Lima se hizo claramente evidente la situación de autonomía de los artesanos —en la esfera de la Guardia Nacional—. En este punto se llegaron a cuestionar, incluso, las jerarquías sociales impuestas por el partido. En la capital de la república se le dio amplia cobertura a los enfrentamientos entre los sectores artesanales de la Guardia Nacional, representados por el artesano-mueblista Manuel Polo, y los de la poderosa élite económica, representados por el banquero y comerciante Emilio Althaus324. Francisco Ibáñez, periodista arequipeño y activo organizador de la Guardia Nacional en el sur, al evaluar abiertamente la encubierta política clasista, de control social y represión que compitió con el «partido armado», nos permite comprender mejor la razón por la cual los artesanos intentaron mantener su tradicional autonomía. Ibáñez, al analizar el éxito de la asociación «paramilitar», señalaba que parte de ello se debía a que «el bajo pueblo», al ver que «la gente de valer estaban con las armas en la mano», no se atrevía a «levantar la cabeza»325. De esta manera, el sincero partidario arequipeño evidenciaba cómo la Guardia Nacional servía, básicamente, para mantener en raya a la «barbarie» y a la vez constituía un escenario alternativo donde se disputaba la monopolización de la violencia con sus tradicionales detentadores: los militares. Aunque la administración civil se encargó en todo momento de negar que la Guardia Nacional intentase ocupar el lugar de los militares, resultaba obvio que aquella era una fuerza paralela al poder militar326. La Guardia Nacional tuvo por finalidad reequilibrar el poder a favor de los civiles, dándoles a estos una participación real en la monopolización de la violencia. La eficiencia de este nuevo aparato represor, brazo armado del «Estado Civilista», fue evidenciada en su triunfo absoluto sobre la insurrección nacional planeada por Nicolás de Piérola y un grupo de caudillos regionales en 1874. Sin embargo, lo anterior no significó la 172

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