Herrera señaló en las exequias del militar que la inestabilidad política peruana y el evidente fracaso del ejército nacional en Bolivia se debían, principalmente, a la pérdida del sentido de obediencia cívica65. Esta carencia, junto con «el espíritu secreto de partido», que desde las luchas de la emancipación reinaba en el país, habían colaborado a la humillante derrota peruana a manos del «miserable brazo» boliviano. Con la finalidad de reconstruir los elementos políticos necesarios para lograr la estabilidad y reestablecer la paz en «los corazones» rebeldes, Herrera desarrolló su esquema providencialista-autoritario, en el cual el hábil sacerdote subrayó que la fuente de la autoridad política, legítimamente establecida, provenía de Dios y por ello, quien la resistiera atentaba directamente contra la divinidad66. La soberanía popular —exacerbada por los demagogos políticos— era para Herrera la causa principal del desorden que reinaba en la república. Para reemplazar dicho concepto equivocado, el secretario de Instrucción, Justicia y Culto de Echenique esbozó una idea alternativa: «la soberanía de la inteligencia». Esta señalaba, básicamente, cómo el derecho a gobernar y dictar leyes debía ser ejercido por aquellos que la naturaleza hubiera designado como los más capaces67. La élite selecta de los elegidos tendría como misión combatir a «la tiranía de los partidos» que amenazaba con erosionar el tejido social del país. Era justamente para evitar dicho proceso corrosivo, que Herrera propuso el establecimiento de una voluntad y autoridad suprahumana a la cual todos debían de someterse. Aquella, de la cual el gobernante legítimo era investido, emanaba directamente de Dios. Dentro de este contexto, la soberanía o derecho para gobernar tenía un origen divino. El pueblo elegía a sus gobernantes, pero esta elección no era el origen de la soberanía, sino la condición. En pocas palabras, la investidura divina determinaba que una vez designado el gobernante, el pueblo se viera en la obligación de rendirle su total obediencia. Para ganarla, el mandatario debía procurar el bien común de la comunidad que lo había llevado al poder. Era por lo anterior que la única causa que ameritaba una rebelión contra el gobernante era la ruptura de este pacto fundamental, en el cual el bien común, —objetivo supremo de la política escolástica— y la obediencia eran los pilares fundamentales. Mientras Herrera, el ideólogo, apuntó a cimentar el principio de autoridad estatal mediante la defensa de un ejecutivo fuerte, la gran ilusión de Herrera, el educador, fue la formación de una clase dirigente con la capacidad intelectual y moral necesarias para llevar a cabo las complejas 60
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