La utopía republicana

Los trabajos públicos, fomentados por un Estado rico y dispendioso, habían variado la apariencia de la «Tres Veces Coronada». Así, junto a las cuadrillas de peones que derrumbaban los pesados muros de la ciudad, había otros trabajando en el ferrocarril de La Oroya, en un nuevo camino al Callao, en el Palacio de la Exposición, en el nuevo puente sobre el río Rímac y en otras obras menores que demandaban gran cantidad de mano de obra. Pero donde más se evidenciaba la transformación del rostro de la capital era en la presencia de una creciente población flotante y marginal. El problema de la vagancia y la delincuencia urbana era tan grave que había merecido la atención detenida de analistas de la época e incluso, suscitado intensas discusiones en el Congreso de 1860169. Sin embargo, al no generarse soluciones concretas por parte del gobierno, el problema de una mano de obra «ociosa» fue adquiriendo proporciones endémicas. Así, «las hordas de mendigos que acechaban en la vía pública» mostrando «llagas, heridas y mutilaciones» que atacaban de «nervios a los transeúntes» se fueron volviendo el pan de cada día en los portales y en las puertas del teatro y de Acho. A esta versión limeña de la «corte de los milagros» se unía, asimismo, el contingente de «los mataperros», muchachos de uniones ilegítimas o de hogares rotos, los que poblaban las estaciones de los ferrocarriles y que crecían «sin industria y sin más oficio que el vicio»170. Los comentarios anteriores, producto de las preocupaciones válidas de los habitantes de la cada vez más insegura Lima, ponían en evidencia la punta del iceberg de un problema socioeconómico de grandes dimensiones. La falta de empleo, el deterioro de los niveles de vida y la permanente crisis fiscal del Estado guardaba relación directa, para muchos, con el modelo económico que había venido funcionando en el país desde el descubrimiento del guano. Los tumultuosos años finales de la década de 1850 mostraron los primeros síntomas de las contradicciones de aquel aparentemente exitoso modelo exportador171. Durante los primeros meses de 1860, el informe del secretario de Hacienda Juan José Salcedo, que precedió a los de Pedro Gálvez, Ignacio Noboa, Manuel Pardo y Francisco García Calderón, comenzó a dar cuenta de que algo extraño ocurría en la economía peruana (Gootenberg, 1993, pp. 62-63; Mc Evoy, 1994a, cap. II). Si bien casi simultáneamente varios articulistas de la Revista de Lima ya habían mostrado sus inquietudes e incluso habían formulado la pregunta tabú sobre qué pasaría si se acabara el guano, la seriedad y 104

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