de los principales aglutinadores de ello fue Nicolás de Piérola. Detrás del protegido de Echenique y ministro de Balta se apertrecharon antiguas clientelas castillistas-baltistas y echeniquistas desplazadas del poder y un sector clerical sumamente reaccionario, que tuvo su caja de resonancia en el diario conservador La Sociedad283. Sin embargo, Piérola no fue el único que conspiró y creó problemas a la flamante administración. Durante los cuatro años del gobierno del Partido Civil se registraron dieciséis movimientos subversivos y motines, diez montoneras, siete conspiraciones, tres asonadas y un par de intentos de asesinato al presidente (Revoredo 1938, pp. 380-381). La razón principal de esta ola subversiva fue, además de la injerencia del Estado sobre los innumerables feudos de poder local, la resistencia del gobierno a pactar con el «bando perdedor». Las costumbres políticas tradicionales, impuestas desde tiempos de Castilla, habían contemplado usualmente la «fusión» de elementos antagónicos para finalidad de una cómoda «conciliación nacional». El civilismo, por el contrario, fue reacio a un compromiso con la oposición. La intransigente actitud que exhibió el partido gobernante no fue, probablemente, tan solo producto de una posición ideológica ortodoxa, sino también consecuencia de un claro sentido pragmático. Un arreglo con la oposición, en aras de una precaria estabilidad, hubiera requerido —además de la claudicación de los principios de la campaña electoral— el reparto de un botín estatal que ya no existía. La intransigencia «orgánica» del civilismo fue atribuida por muchos al peculiar estilo impuesto por su jefe, Manuel Pardo. Este, instaurador de una hasta ese momento desconocida «ley del yunque y el martillo», sabía todo «menos recompensar y premiar» las lealtades de propios y extraños284. Para el periodista y político chileno Benjamín Vicuña Mackenna, Pardo —como Rivadavia, Portales, San Martín y Santa Cruz— quería hacer el bien como él lo entendía sin tener en consideración un común acuerdo con la oposición. Lo anterior había provocado que su camino político y el de su partido estuviera sembrado de «escombros y de espinas, de violentas irritaciones y de escondidos y pertinaces rencores» (Vicuña Mackenna, 1878). El repudio del presidente y de muchos de sus seguidores hacia los «gobiernos eclécticos» y a la tradicional costumbre patrimonial de recompensar los servicios prestados fue creando la imagen de la «argolla» civilista, ampliamente explotada durante muchas décadas por la prensa. 159
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx