El ideal republicano esbozado por Sánchez Carrión manifestó las tendencias moralistas, finalistas y totalizadoras que algunos teóricos del Estado español —como Francisco Vitoria y Francisco de Suárez— habían elaborado algunos siglos antes para una España que atravesaba profundos cambios políticos122. Para Sánchez Carrión, así como para los intelectuales españoles previamente señalados, cada Estado o República además de ser una comunidad perfecta que englobaba a la totalidad de sus miembros, incluidos en el caso peruano a las comunidades indígenas123, constituía una unidad indisoluble que se fundaba en la realización de un fin moral supremo: el bien común124. Asimismo, en la República vislumbrada por Sánchez Carrión debía darse una convergencia entre poder y sociedad, situación similar a la propuesta por los teóricos políticos españoles Vitoria y Suárez125. Las concepciones unitaristas, comunitarias y corporativas de la tradición ibérica, presentes en el republicanismo peruano, fueron de la mano con la urgente necesidad de proveer al país de los marcos institucionales, capaces de resguardar la libertad, la seguridad y la propiedad individual. Dentro del contexto diferenciador anterior fueron los ciudadanos los encargados de cimentar y fortalecer al edificio republicano126. Así, el republicanismo peruano nació con una doble herencia, ambigua y contradictoria. De un lado, una apelación constante a un espíritu de cuerpo tendiente a la consecución del mejor beneficio del colectivo social, por otro, una tenaz defensa a los derechos y a la propiedad privada de cada individuo. Esta ambivalente herencia republicana fue la matriz histórica de la contradictoria cultura política que emergió durante el período nacional. Aquella logró despertar, justamente por su ambigüedad estructural, múltiples y disímiles lealtades. En efecto, «la República», concreción de un ordenamiento legal que resguardaba los derechos individuales, se constituyó, también, en el espacio idealizado donde el «bien común» de la «familia peruana» debía cristalizarse finalmente127. Por otro lado, la estrecha relación que se estableció entre Sánchez Carrión y Simón Bolívar, y que tuvo por finalidad llevar a cabo la consolidación de la independencia del Perú, sentó las bases para un republicanismo autoritario, uno que para salvaguardar su integridad, debió apelar al apoyo del poder militar128. Para la década de 1850 la potente imagen unificadora de la República y el espíritu cívico que le era anexo continuaron despertando intensas lealtades en importantes núcleos urbanos del país. En 1851, casi treinta años después del debate político inaugural Sánchez Carrión-Monteagudo, 88
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