La utopía republicana

usurpación de la primera por la segunda, y la secesión de un sector de la élite norteña de la coalición unitaria política promovida por Lima, la cual propiciaba la firma de la paz con Chile con la condición de preservar la riqueza salitrera, fueron el corolario del fracasado proyecto político nacional peruano. La aguda crisis económica de la década de 1870 y lo divergente de los intereses al interior de la élite peruana condicionaron negativamente la puesta en marcha del proyecto político nacional civilista. Las evidentes diferencias socioeconómicas que surgieron en el país como producto de la «prosperidad falaz», el inmanejable problema de la deuda externa344 y las disputas intraélite por controlar el aparato estatal sirvieron como potente combustible al discurso clasista, que surgió como respuesta antagónica al civilismo. Aquel, disfrazado bajo el manto de la tradicional ideología cohesionadora del «bien común», constituyó la respuesta disidente de un sector importante de la sociedad urbana que veía con serios reparos las modernas y controversiales ideas de partidarización masiva propuestas por el Partido Civil. Los sectores desplazados del proyecto civilista apelaron a un discurso político radical cuya arma de combate fue una abierta lucha de clases contra las vanguardias económicas del civilismo. Estas, ávidas por asumir un control efectivo sobre el aparato estatal, amenazaban, debido a sus estrategias económicas y políticas, a la precaria estabilidad y el orden social del país. En tal contexto, el intenso conflicto político intraélite fue asumiendo un claro e inmanejable tinte social, promoviéndose dentro del aquel la activa participación de los sectores populares urbanos. En medio de este decisivo enfrentamiento clasista, propiciado abiertamente por una facción de la élite política y aceptado gustosamente por amplios sectores urbanos empobrecidos por la crisis económica, se fue gestando un interesante proceso de diferenciación social que analizaremos con detenimiento en este capítulo. La «peligrosa» tendencia anterior, que representó una clara amenaza al precario «orden» nacional, determinó que el inicial proceso de democratización, diferenciación política e intensa politización propuesta por las dirigencias partidarias civilistas cediera paso, en aras de una «conciliación nacional», a un acuerdo entre las facciones en conflicto. El elemento cohesionador dentro de esta imprescindible y vital tregua política fue la recién estatizada riqueza salitrera. 190

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