La utopía republicana

determinante para la organización nacional que sucedió al desastre de Ingavi y al fracaso del Directorio59. Para Castilla un adecuado accionar político estaba circunscrito al delicado y difícil balance entre el respeto a la constitución y la preservación del orden60. Por ello, probablemente, su cíclica y contradictoria relación con liberales y conservadores. Respecto a aquella, el viajero y escritor inglés Clements Markham opinaba que el viejo general era un «genio» en el manejo de las facciones y su gobierno un «mal necesario», capaz de posibilitar la paz y el desarrollo del país. La prensa de la época, impresionada por los malabares políticos del militar, lo veía como un «titiritero insigne de intereses y pasiones». Sin embargo, para el congresista huantino José Félix Iguaín dicho «genio» no era más que un «indio pícaro» (Markham, 1892, pp. 338-341; Basadre, 1983, IV, p. 33; Dulanto Pinillos, 1944, p. 139). La habilidad política del triunfador de Cuevillas no fue un don divino o una característica étnica, sino el producto de una vida azarosa en la cual el audaz militar tarapaqueño hubo de apelar a múltiples y contradictorias alianzas para poder sobrevivir. Castilla asistió muy joven al colapso del imperio español. De escasos quince años y con el grado de cadete, vistió el uniforme de los Dragones del rey, peleando junto a su batallón en Chacabuco. Luego de la batalla, en 1817, fue tomado prisionero, por el ejército de San Martín y deportado a Buenos Aires de donde, en arriesgada travesía y luego de pasar por Uruguay y Brasil, regresó al Perú. En 1821, después de la ocupación de Lima por el ejército patriota, Castilla se plegó al igual que los exrealistas, Santa Cruz, Gamarra y Eléspuru, a las fuerzas sanmartinianas. Sin embargo, unos años después, el retiro de San Martín y la llegada de Bolívar al Perú dieron inicio no solo al nacionalismo furibundo del futuro mariscal y a sus problemas con «los hijos de Colombia», sino a su acelerado aprendizaje del complicado ajedrez político peruano. Su acercamiento a José de la Riva-Agüero, del cual se alejó luego de enterarse de sus secretas tratativas con el virrey La Serna, tuvo por finalidad neutralizar el inmenso poder que Bolívar empezó a acumular. A aquel, sin embargo, debió de rendir lealtades a pesar de ser contrario a su «despótica administración». Luego de la partida del «Libertador», en 1826, Castilla dio inicio a su larga marcha por los tortuosos vericuetos del poder. En el difícil y violento período posbolivariano el joven militar fue amigo y enemigo de los principales caudillos peruanos, a quienes ofreció, unas veces, sus servicios y otras, opuso tenaz resistencia61. 58

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