La utopía republicana

Desde que la campaña electoral empezó, la búsqueda del ciudadano republicano fue una de las principales obsesiones de la dirigencia partidaria. El candidato lo declaraba claramente en su discurso de asunción a la presidencia del Colegio Electoral de Lima, el 16 de noviembre de 1871, cuando afirmaba que la convocatoria de la Sociedad Independencia Electoral llamaba «a la vida política a todos los hombres que no viven en la política ni de la política, a todos los hombres independientes, a todos los hombres laboriosos que constituyen la nación», con el fin de que representaran «el papel que les corresponde en el problema permanente de la vida republicana»120. Lo anterior podía parecer novedoso y generar tempranas adhesiones y simpatías, sin embargo, desde la ruptura política de España, la discusión sobre la construcción de la morada republicana y la búsqueda de sus distinguidos habitantes había sido un permanente tema en los debates intelectuales peruanos. En las discusiones aurorales de la Sociedad Patriótica, en 1822, José Faustino Sánchez Carrión, «el Tribuno de la República», defendió ardientemente el republicanismo clásico frente a las posiciones monarquistas de Bernardo de Monteagudo. El fundamental debate político Monteagudo-Sánchez Carrión no solo había inaugurado una discusión continuamente recreada a lo largo de cincuenta años de vida independiente, sino que había alertado lúcidamente sobre la carencia del elemento clave de aquel temprano proyecto republicano: el ciudadano. El pragmatismo y realismo político de Monteagudo pusieron en evidencia de manera contundente que la República soñada por los ideólogos peruanos carecía del elemento humano imprescindible para la construcción del edificio republicano121. Un acercamiento a las ideas de José Faustino Sánchez Carrión, ideólogo del movimiento independentista, pueden dar algunas luces sobre las diferentes corrientes de pensamiento que confluyeron en la peculiar amalgama de ideas que fue el republicanismo peruano, que se constituyó en una categoría político-cultural que el civilismo intentó recrear. Sánchez Carrión, un exseminarista y abogado trujillano, bebió su republicanismo de diversas y hasta cierto punto antagónicas fuentes. Así, sus escritos no solo exhibieron las influencias de intelectuales y políticos de la talla de Juan Jacobo Rousseau, Thomas Payne y George Washington, sino que reflejaron, aunque sin mención explícita, la influencia ejercida por los teóricos políticos del Estado español del siglo XVI. 87

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