La utopía republicana

Crisóstomo Torrico, entre otros—, la posterior Ley de Amnistía de 1847 y la cooptación de los miembros de las facciones rivales —Felipe Pardo y Aliaga, y Miguel San Román, por ejemplo— posibilitaron que la «pax castillista» (1845-1851) fuera la base de la organización nacional de la década del 1840. Manuel Ignacio Vivanco, furibundo enemigo de aquella precaria institucionalidad, observaba cómo el castillismo se había organizado alrededor de una «oligarquía parlamentario-gubernativa», en la cual la fórmula era: «yo te delego mi poder, y tú me adjudicas sus rendimientos»68; en otras palabras, mediante un complejo sistema de dones y contradones, que establecía una alianza simbiótica y mutuamente favorable entre los poderes locales y el poder central. El inicio de la explotación guanera, que unió la suerte del Perú a las fluctuaciones del mercado internacional, permitió el desarrollo de dicho sistema69. En este, la pieza clave estuvo conformada por la lealtad de las burocracias militares y civiles. Las primeras se vieron favorecidas, en 1848, con una pródiga política de ascensos. Las prioridades de los presupuestos de 1845-1851 — pago a militares y a burocracias civiles y construcción de obras públicas en los departamentos y provincias del interior— muestran los soportes principales del complicado edificio político que Castilla logró construir (Basadre, 1983, III, pp. 9-10; Dulanto Pinillos, 1944, pp. 130, 132-133)70. El guano peruano, además de fertilizar los campos europeos, fue el elemento que permitió crear las precarias bases económicas de la institucionalidad castillista. En efecto, desde la firma del primer contrato entre el gobierno de Castilla y la casa Gibbs la suerte del modelo político castillista estuvo unida a los vaivenes internacionales de la economía guanera. El modelo exportador guanero, que posibilitó inicialmente cierta autonomía económica estatal frente a los grupos económicos locales, permitió, asimismo, que el tejido de vínculos entre aquel y la sociedad civil no fuera un imperativo esencial (Gootenberg, 1989, especialmente conclusiones). Es por ello que durante los primeros años de su puesta en funcionamiento, sectores económicos emergentes, como el representado por el hacendado y comerciante iqueño Domingo Elías, fueran marginales al poder del Estado71. Ante la falta de grupos de interés económicos poderosamente desarrollados y en interacción que robustecieran con fuerza e interés el proceso constitucional, el país estableció, entre 1845-1851, un gobierno unitario de «apaciguamiento nacional», que tuvo como eje principal la hegemonía del Ejecutivo, cuya impronta personalista y centralista fue determinante en la formación de la cultura política peruana. 62

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