legitimidad de los informes ministeriales evidenciaban que los temores no eran una mera especulación intelectual172. Entre 1864 y 1866, a raíz de la revolución Restauradora y la guerra contra España, los problemas del presupuesto se agudizaron aún más. Dichos acontecimientos potencializaron los síntomas de una «crisis anunciada» e hicieron realidad la pesadilla de muchos de los que habían propuesto un viraje en el manejo de las finanzas públicas. La terrible pregunta sobre qué pasaría si se agotase el guano se transmutó, por obra y gracia de los invasores españoles, en una cruda realidad. La toma de las Islas de Chincha por la armada española privó al Estado durante algunos meses del único recurso que sostenía al cada vez más inmanejable presupuesto nacional. En 1865 los precios subieron en un 65%, lo cual deprimió los salarios de los sectores urbanos. En una acción desesperada, el gobierno de la Dictadura Restauradora de Mariano Ignacio Prado intentó revertir el déficit presupuestal, mediante la actitud enérgica y radical de su secretario de Hacienda, Manuel Pardo. Sin embargo, para mediados de 1867, las medidas fiscales reformistas tendientes a revertir el modelo guanero y crear la autonomía económica del Estado, mediante un moderno sistema tributario, fueron desactivadas y la crisis se tornó incontrolable (Mc Evoy, 1994a, cap. II). La peste de fiebre amarilla que entró silenciosamente a las costas del Perú, probablemente en algún barco extranjero, y que durante los meses de marzo a junio de 1868 cobró 4222 muertos en la capital, hizo público y notorio el rostro lacerado de Lima. La «democrática» epidemia, que golpeó indistintamente a pobres y a ricos, evidenció que la capital peruana no solo carecía de hospitales adecuados y que el cementerio no tenía espacio suficiente para los entierros masivos que se sucedían diariamente, sino también que existía un sector marginal que vivía en los límites de la pobreza. El lazareto del Refugio, donde llegaban a morir los desposeídos, fue probablemente transitado con horror por conocidos médicos limeños como Celso Bambarén, Francisco Rosas, Manuel Odriozola y José Antonio de los Ríos, así como también por muchos voluntarios de la Beneficencia de Lima. Así pues, durante el año de la peste, los miembros del directorio de esta institución —firmantes en su mayoría del acta de fundación de la Sociedad Independencia Electoral— experimentaron directamente la precariedad en la que vivía su ciudad173. Sin embargo, esto no era una novedad para aquellos. En 1859, Francisco Carassa, presidente de la Beneficencia de Lima por aquel entonces, había aludido en su 105
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