Castilla en el poder, se abolió el tributo indígena y la esclavitud de los negros. Los costos en el largo plazo de las medidas anteriormente mencionadas fueron asumidos íntegramente por el gobierno. Solamente con la abolición del tributo el Estado peruano dejó de percibir 1 400 000 de soles. La revolución Restauradora liderada por el general Mariano Ignacio Prado, 1864-1865, en vísperas de la guerra contra España, volvió a duplicar la lista militar y al generar nuevos adelantos y préstamos sobre el guano, desorganizó totalmente el precario presupuesto nacional235. La anterior avalancha de gastos improductivos determinó que las ganancias resultantes de la comercialización del fertilizante peruano resultaran siempre insuficientes para cubrir el presupuesto nacional. A partir de la conflictiva década de 1860 aquel sufrió un notable incremento y el país comenzó a vivir de adelantos a cuenta de las ventas producidas por el guano. Dentro de este nuevo esquema económico, que se implementó a raíz de los excesivos gastos internos y el incremento en las ventas del guano en el exterior, los consignatarios reformularon su función original y se convirtieron en prestamistas del Estado. Entre 1864 y 1866 los consignatarios hicieron nueve préstamos al gobierno por un valor de 35 762 000 pesos, lo que les reportó un beneficio de un 30% entre intereses, comisiones y cambios. Los intereses usurarios cobrados por los agentes comercializadores del guano les dieron características de extorsiones fiscales a los préstamos236. Era obvio que la situación anterior no ocurría con la complacencia de todos los sectores pensantes del país. Carlos Lissón, intelectual sanmarquino y miembro fundador de la Sociedad Independencia Electoral, había resumido en una memorable obra el sentir de su generación en torno a la farsesca República que la economía guanera había posibilitado construir. El dinero generado por el poderoso fertilizante era para Lissón la causa directa de la corrupción política y del deterioro socioeconómico y cultural del país. En pocas palabras, el guano era el agente corrosivo que estaba destruyendo las bases sociales del Perú (Lissón, 1865). Lissón no fue sino uno de los muchos que alzaron la voz contra el entrampamiento político, económico y social que el «boom» guanero había posibilitado. Los críticos de aquel modelo exportador fueron numerosos y han merecido, incluso, un excelente y revelador estudio (Gootenberg, 1993). Manuel Pardo, paradójicamente un consignatario guanero, representó al sector lúcido de aquella enriquecida élite que se propuso la inmensa tarea de revertir la dependencia fiscal que tenía el país sobre su codiciado 144
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