también fue un hombre de acción307. Prueba de esto fue su estrecha relación con el mundo de la producción, a través de la promoción del industrialismo artesanal (Gootenberg, 1993, pp. 161-163). De esta forma, el maestro e impresor Márquez, uno de los ideólogos más valiosos de la «República Práctica», retomó el tema crucial de la campaña electoral: el rescate y apoyo a los «hombres laboriosos» del país308. En efecto, la conexión intelectual-artesano fue uno de los símbolos ideológicos más poderosos utilizados por el civilismo. Dentro del diseño de la República Práctica, el sector productivo, tanto económico como intelectual, debió cumplir un activo rol político, que pudo llevarse a cabo debido a dos iniciativas del gobierno: la refundación de la Guardia Nacional y la revitalización de las municipalidades309. Ambas instituciones, ensayadas infructuosamente por anteriores administraciones, estipulaban la necesidad de que los ciudadanos fueran individuos comprometidos con la preservación y el desarrollo de la República. La virtud republicana, en su versión clásica, subrayaba la necesidad de priorizar el bien común al bien individual. Para cristalizarlo, el ciudadano debía ser un ente activo en el bienestar de su comunidad310. Es por lo anterior que la propuesta del oficial de celadores de Arequipa, Simón Tadeo Antay, resulta muy ilustrativa del tipo de participación política que el partido intentó propiciar. Antay, en carta al presidente, sugería, además de la fundación en Arequipa de una «Sociedad del Orden», capaz de aglutinar las energías ciudadanas dispersas, la manera en que debía realizarse el «ritual de iniciación» en ella. Para el diligente oficial de celadores, antes de su inscripción los candidatos a la agrupación ciudadana debían hacer una «dolorosa confesión» en «voz alta» de las razones por las cuales «habían permanecido indiferentes a la cosa pública»311. En consecuencia, la acción cívica individual estaba enmarcada en un estricto ritual colectivo. En tal contexto, el partido fue el espacio público encargado de conformar la «verdadera» identidad del ciudadano y de canalizar, asimismo, sus energías individuales. La tarea esencial del aparato partidario fue, básicamente, constituir «un pueblo valeroso e ilustrado» capaz de oponerse «al pueblo belicoso y extraviado»; o dicho en términos más crudos, la meta de los civilistas consistió en «moralizar a la plebe»312. Un importante escenario que el partido proporcionó con la finalidad de que los ciudadanos adquirieran una educación cívica y colaboraran 169
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