bufones y criminales», era frontal: «¡Basta de reformas y proyectos, de logomaquias y galimatías! Más de ochenta años hace que ustedes viven chacharreando en las cámaras, desbarrando en los ministerios, rastacuereando en las legaciones y dragoneando en los puestos de la administración. Vayan unos a carenar buques, a barretar minas…a mondar legumbres…a bordar casullas y a manejar escobas» (1908, p. 189). Su desdén hacia el proceso eleccionario, «fraude legalizado por el congreso», y el juego político institucional, corrupto y ventral, le hacían afirmar que: «un «kilo de buena lana o un litro de buena leche valían más que el pliego de interpelaciones formuladas por un renovador político oposicionista». Los partidos de la época: Civil, Unión Cívica, Constitucional y Demócrata no se escaparon, obviamente, de sus denuestos. Del primero, González Prada afirmaba que era «calamidad ineludible» ya que no se podía «gobernar con ellos porque transmiten virus» y no se podía sin ellos «porque se imponen con el oro y la astucia». De Unión Cívica, liderada por Nicolás Valcárcel, que había nacido «con varias cabezas y, como todas las monstruosidades, vivió poco y miserablemente». Cáceres, líder del partido Constitucional, era caracterizado como el mejor exponente de los «instintos del hombre prehistórico», y por ello eran previsibles «sus francas y leales escapadas a la selva primitiva». Sin embargo, el juicio más duro lo reservó para Nicolás de Piérola, líder del partido Demócrata, a quien calificó, en Figuras y figurones, entre otras cosas, de: ladrón, traidor, hipócrita, ignorante y frívolo. En el párrafo final del ensayo que le dedicaba afirmaba, en el más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento: «tú prostituiste la verdad y la justicia, tú manchaste cuanto se puede manchar o violar, y como única y suficiente prueba de acusaciones, recogemos del suelo y te arrojamos a la cara una mínima parte de la sangre y del lodo que has desparramado en treinta años de conspiraciones y pronunciamientos, de iniquidades y miserias, de ruinas y devastaciones» (1938, pp. 233-234). En Bajo el oprobio (1933), escrito algunos años más tarde, con motivo del golpe de Estado del coronel Oscar R. Benavides, en 1914, González Prada prosiguió sus ataques. En dicha obra, el combativo intelectual se reiteraba en su desprecio hacia la política cuando subrayaba con desdén moralista: «La fracción sana, la parte buena de nuestra sociedad vive lejos de la política, desdeñándola y execrándola: Hay que malearse para intervenir en la cosa pública y decidirse a ejercer autoridad … En el Perú se puede sentar el axioma de a mayor altura en el puesto 39
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