La utopía republicana

norteños92. La recompensa inmediata para contentar a los sectores populares leales fue el saqueo de la ciudad, del cual la jefatura baltista se hizo de la vista gorda. Para las aterradas élites, perjudicadas por aquel suceso, el alivio vino en la forma de una política de reparaciones mediante la conformación, por decreto, de una Junta Valorizadora de Daños. La cuenta final, naturalmente, fue presentada, luego de la victoria de Balta, a la caja fiscal de Lima93. RECREANDO AL MODELO CASTILLISTA Cuando José Balta, jefe político militar del norte, asumió finalmente la Presidencia de la República para el período 1868-1872, intentó reconstruir el antiguo esquema de apaciguamiento nacional diseñado por Castilla. Para «comprar la tregua», el caudillo norteño implementó una política de alianzas y acuerdos, e incluso organizó, en el más puro estilo castillista, un gabinete de conciliación nacional. Echenique, fuerza decisiva en el Congreso durante la administración de Balta, fue su más cercano aliado y colaborador. La firma del contrato Dreyfus, realizada por Nicolás de Piérola —protegido también de Echenique e hijo de un exministro suyo— le permitió al audaz presidente contar con el dinero suficiente para renovar el oxidado sistema de patronazgo estatal94. En las elecciones de 1872, el émulo del vencedor de La Palma pretendió erigirse en su árbitro e incluso elegir como su sucesor a su fiel amigo y consejero, Echenique. En efecto, durante la conferencia que sostuvo con los candidatos a la presidencia, el mandatario saliente intentó llegar a un acuerdo y cooptar a las partes involucradas en la contienda electoral95. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y ni Balta poseía el arraigo nacional y la astucia política de Castilla ni la Caja Fiscal daba para nuevas aventuras. Durante la campaña electoral, 1871-1872, la organización partidaria de las fuerzas civiles, representadas por el limeño Manuel Pardo, salieron a la esfera pública para evitar un nuevo despojo a la capital96. La anterior confrontación pudo llevarse a cabo no solo debido a los méritos organizativos de los civilistas y a la inyección de capital que, para efectos de la intensa campaña electoral, recibió el Partido Civil de muchos de sus ricos simpatizantes97, sino porque las piezas fundamentales sobre las que descansaba la «pax castillista» —ejército y burocracias civiles— yacían en lamentable estado de abandono. A medida que la crisis económica se profundizó, no solo a nivel interno sino en los mercados internacionales de capital98, el deteriorado edificio «institucional 72

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