La utopía republicana

RELEVANCIA DEL REPUBLICANISMO PARA EL SIGLO XXI Este libro, que nació hace veinte años, es una propuesta académica pero también la respuesta a la crisis de valores y la ausencia de ideales democráticos que marcaron la década de 1990. En resumen, es la conversación de una historiadora peruana con el pasado a partir de las urgencias políticas de un presente y un futuro que se vislumbra como sombrío e incluso desesperanzador. Resulta paradójico que La utopía republicana, un libro que abrió una discusión necesaria y que aún persiste32, regrese en el contexto de una nueva crisis, la cual, si la analizamos en detalle, es estructural y por ello demanda una respuesta contundente desde los diferentes ámbitos de nuestra sociedad. Si los peruanos fuimos capaces de vencer una dictadura, sustentada en la mentira y la corrupción generalizada, urge regresar nuevamente a ese momento fundante donde se revivió una buena parte del vocabulario del republicanismo clásico. Cabe recordar, además, que el crecimiento económico no es lo que define a una nación sino la sociabilidad democrática, que, si prestamos atención a nuestra propia tradición cultural, debe reposar en valores concretos como el trabajo, la justicia, la honestidad, el mérito y la libertad. ¿Cuál es el valor de La utopía republicana en tiempos de distopía y de cinismo exacerbado? Opino que, de cara al Bicentenario, es necesario volver al boceto original de la república, analizando sus luces y sus sombras. Entre las primeras, destaca la apuesta por la libertad, pero también la forja de una «comunidad nacional» capaz de fomentar la felicidad de todos sus asociados. Con todas sus limitaciones, el pacto republicano expresó «la promesa de la vida peruana». Lo que cabría preguntarse es la razón por la cual el pacto, definido tempranamente por Jorge Basadre, sigue siendo excluyente y por qué el interés personal se antepone siempre al de la comunidad. La corrupción, una de las «enfermedades» de la república de acuerdo con los teóricos del siglo XIX, sigue corroyendo el tejido social y político del Perú. Y eso no significa que la sociedad peruana sea por definición corrupta, sino que las instituciones no tienen la fortaleza de enfrentar una maquinaria reproducida a lo largo de los siglos, que no solo se mimetiza y muta, sino que es protegida irremediablemente por la impunidad. El sistema corrupto, avalado por un poder judicial deficiente, crea una sensación de frustración y desencanto que, incluso, desmerece el esfuerzo de millones de peruanos que trabajan 33

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