La utopía republicana

vencer a las fuerzas de Pezet. Para responder al llamado, Balta organizó, de su propio peculio, un ejército personal de 500 chiclayanos con los cuales llegó hasta Lima. Por su apoyo, que debió resultar importante, Prado lo premió con la cartera de Guerra. Sin embargo, debido a la estricta política fiscal, implementada por el gobierno de la dictadura, Prado no aceptó las demandas de Balta de darle a las milicias chiclayanas los privilegios del ejército nacional. El licenciamiento de aquellas, probablemente no solo por razones económicas, sino también por motivos de seguridad interna, provocaron la renuncia inmediata de Balta a su cargo en el gobierno de Prado. Luego de ello, el resentido coronel regresó a Chiclayo con sus huestes (Echegaray, 1965, p. 585; Dulanto Pinillos, 1944, p. 179; Basadre, 1983, III, p. 179; Miranda, 1927, pp. 57-60). En 1867, el coronel José Balta volvió a participar en los vaivenes de la política nacional. En dicha oportunidad fue durante el derrocamiento de su antiguo aliado, el también militar Mariano Ignacio Prado. Su nombramiento como jefe político militar del norte durante la reacción conservadora, que derrocó al gobierno de la Dictadura, muestra el poder que Balta logró acumular en pocos años. Sus aliados iban desde intelectuales —como su secretario personal, el echeniquista y áulico castillista, Ricardo Palma— hasta congresistas —como el diputado cajamarquino Simón Barrantes— y militares —como los tristemente célebres hermanos Gutiérrez— (Miranda, 1927, pp. 57, 59)91. Las clientelas populares baltistas, atraídas a través de una activa política de patronazgo, le permitieron al futuro presidente contar, en 1867, durante el sitio de Chiclayo, con fuerzas sumamente leales. El estilo «populista» del coronel, unido al cumplimiento de sus compromisos, le posibilitaron el tejido de importantes redes de clientela local. Las promesas del «jefe y amigo» Balta de regalar una iglesia nueva a la ciudad y de ejecutar, asimismo, los trabajos para el desvío del río Lambayeque, junto con el decreto para independizar a Chiclayo y Lambayeque de la tutoría política de La Libertad, le ganaron las adhesiones del «heroico pueblo» chiclayano. Resulta pertinente recordar, por otro lado, que algunos años antes, durante la revolución de 1854, Castilla logró las lealtades de Cajamarca con una promesa de autonomía política similar a la ofrecida por el coronel (Miranda, 1927, pp. 60-63; Basadre, 1983, III, p. 305). En el discurso posterior a la victoria sobre Prado, Balta resaltó cómo «la redención de la Patria» había sido la obra de los valerosos chiclayanos y como aquella estaba obligada «a recompensar dignamente» la «abnegación» de los 71

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