la integridad del país —la invasión española de 1865-1866—, que este incipiente nacionalismo no eclosionó en toda su magnitud. El combate del 2 de mayo de 1866, momento culminante de la guerra contra España, no solo selló la victoria de Chile y Perú sobre las intenciones conquistadoras de la «Madre Patria», sino que aglutinó en un intenso fervor nacionalista a líderes políticos y sectores populares de Lima y de diferentes departamentos del país, que convergieron en el Callao para el decisivo enfrentamiento con la escuadra española. El Castillo del Real Felipe, paradójicamente el último bastión realista durante las guerras de independencia, dio cobijo a los diferentes contingentes, que desde las zonas más alejadas del país llegaron a defender «la honra nacional»214. Es probable que allí, ante la vista de una ciudad íntegramente embanderada, muchos de los líderes y miembros de los diversos regimientos militares y civiles hayan percibido el vínculo y el destino común que los unía. Es por ello que años después no resultaba casual encontrar referencias a este importante acontecimiento histórico entre los corresponsales provincianos de Manuel Pardo y ubicar, asimismo, a muchos combatientes del 2 de mayo —como Sánchez Lagomarsino y Lizardo Montero— entre los miembros activos de la Sociedad Independencia Electoral215. El fervor nacionalista que vivieron la capital del país y los departamentos durante los preparativos para el combate no era nuevo. En 1862 un entusiasmo similar, pero a nivel panamericano, había cundido entre la intelectualidad limeña a raíz de la invasión de los ejércitos franceses al país azteca. Durante esos años, la presencia en México del poeta y diplomático peruano Nicolás Corpancho para apoyar a Benito Juárez, la prédica activa de la Sociedad Defensores de la Independencia Americana, el periodismo americanista y el nacionalismo continental pusieron de manifiesto que en muchos intelectuales peruanos se estaba dando no solo el proceso de construcción de una identidad nacional sino también el de una identidad latinoamericana. Las reveladoras cartas cursadas entre Manuel Pardo y Eugenio María de Hostos, gestor de la independencia de Cuba y Puerto Rico, ponen en evidencia la existencia de ideales nacionalistas y panamericanistas, compartidos entre las élites latinoamericanas216. El descubrimiento del Perú no fue, sin embargo, tan solo un sentimiento y una idea; este se intentó realizar en términos concretos. En este contexto, el tendido de redes ferrocarrileras fue parte de la «utopía» idealista de integración nacional, que muchos pensadores peruanos se propusieron 123
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