La utopía republicana

Arequipa, era depositario de un importante caudal de relaciones políticas y económicas. La situación anterior, junto a su interés por preservar el orden y la armonía, jugó a su favor para ser nominado continuador del castillismo79. Sin embargo, debido a la intransigencia del heredero frente a las facciones —especialmente los vivanquistas—, la inercia de su gobierno frente al conflicto con Bolivia y los escándalos de la consolidación, el continuismo duró poco80. La «pax castillista», 1845-1851, comprada con el dinero del guano, y a través de un sistema de lealtades y compromisos políticos poco conocidos en profundidad, se vio conmovida por las guerras civiles que ensangrentaron al país de 1854 en adelante. Estas, a través de su errático comportamiento, reordenaron intermitentemente las fluctuantes configuraciones políticas provincianas. En 1854 la guerra civil organizada por las facciones derrotadas durante las elecciones de 1851, vivanquistas y «progresistas», donde se incorporaron los liberales, y en la que Castilla inteligentemente se montó, tiró por la borda la precaria estabilidad política tan hábilmente construida a lo largo de varios años. A pesar de que Castilla, entre 1855-1862, volvió a asumir el control de la situación, nombrando incluso en 1861 al general Miguel San Román como su sucesor, los faccionalismos, —que emergieron en el proceso electoral de 1851 y en las revoluciones de 1854 y 1856— se exacerbaron y las finanzas públicas —que actuaban como elemento cohesionador en el tejido de las redes de patronazgo y clientela política—, comenzaron a mostrar síntomas de crisis81. La revolución de 1854 contra Echenique, en la cual se gastaron quince millones de pesos, hizo imprescindible la movilización de múltiples maquinarias políticas provincianas. La causa revolucionaria, acaudillada en la última fase por Castilla, se apoyó en el vivanquismo arequipeño, en los reductos liberales cajamarquinos y juninos, en los adherentes iqueños y limeños de Elías, en los morochucos ayacuchanos y en las clientelas castillista de Arequipa, Tarapacá, Arica e Iquique. Todo este diverso contingente, que la revolución fue incorporando en su avance, resultó fundamental para derrocar a Echenique y obtener el poder (Basadre, 1983, III, pp. 297-317; Gonzales Marín, 1972, pp. 240-444; Vidal, 1949)82. Luego de aquella sangrienta guerra civil, la estabilidad política quedó seriamente deteriorada y el modelo «autoritario-constitucional» ensayado con éxito por Castilla en la década de 1840 comenzó a ser cuestionado durante las dos fases de su segundo gobierno83. Era obvio para cada vez más amplios sectores, incluidos los traicionados liberales, que lo que 65

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