mayor bajeza en el individuo» (González Prada, 1908, pp. 6-11, 32, 35, 202, 205 y 245; 1938, p. 72; 1933, p. 63)38. Durante el temprano siglo XX, al igual que González Prada, muchos intelectuales novecentistas junto con políticos y periodistas aportaron su cuota de desazón y crítica frente a la forma como se estaba conduciendo al país. En las nominaciones para las elecciones de 1904, preludio a los posteriores conflictos al interior del bloque de poder gobernante, un conocido periodista limeño, Alberto Ulloa, le aconsejaba al candidato civilista, José Pardo, alejarse de la contienda electoral, ya que la política era: «fango deletéreo» cuyas impurezas anemizaban «la sangre» e infectaban «el alma». Para Ulloa, la política en «estas sociedades pervertidas por las concupiscencias y por la relatividad de los deberes» comenzaba por exigir «el sacrificio de la tranquilidad personal y doméstica» terminando por imponer «el sacrificio del honor» (Ulloa, 1945, pp. 271-272). El quiebre del proyecto de la «República Aristocrática», que comenzó a hacerse evidente en la primera década del siglo XX, no solo agudizó, entre los intelectuales novecentistas, la insatisfacción hacia la política, sino que incorporó, en el ataque a un sistema que agonizaba, a otros más radicales y osados, como Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui. El primero en una carta a un amigo, escrita en 1923, comentaba sobre «la tragicomedia de la política nacional» la cual revelaba «la inmundicia espiritual de sus actores»39. Comentarios como el anterior, junto con la feroz propaganda anticivilista, que el leguiismo triunfante desató, terminó de sepultar el poco prestigio que quedaba alrededor de los políticos tradicionales, las instituciones y las ideas políticas que habían sustentado a los partidos históricos. La sangrienta década del treinta no solo presenció la destrucción final de un precario sistema institucional laboriosamente articulado, sino que fue testigo de la aparición de nuevas reglas de socialización política. Aquellas mostraron una clara tendencia hacia las soluciones autoritarias y violentistas. El ciclo se había cerrado y lo que vendría después, un proceso de reacomodamiento en un escenario en permanente deterioro y confrontación, fue preparando el camino al «luminoso» futuro que ni los más radicales iconoclastas pudieron imaginar. El proceso, anteriormente descrito, determinó que el siglo XIX y el temprano siglo XX, en el cual se delinearon muchas de las líneas matrices de desarrollos políticos posteriores, quedaran sepultados entre los 40
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx