época de estudio. Es la interpretación nacional de largo alcance —sin sacrificar archivo y método— la que conecta con el lector no profesional. El ensayo es un género; pero acaso más aún, es un ánimo. Una disposición para interpelar a la ciudadanía. En tiempos del paper y el policy note, que tecnócratas utilizan para influir a puerta cerrada, el ensayo es y fue siempre el género que procura dirigirse públicamente a la ciudadanía. Al interpretar, entonces, interpela. Y con esto termino: la doble vigencia de LUR. Desde que publicó este libro, Carmen Mc Evoy ha jugado un papel crucial en la divulgación del vocabulario e ideales republicanos en nuestra vida pública. Poco a poco, el maltrecho republicanismo político recupera un sitio en la vida política nacional. Más desde la República de las Letras que desde la acción política, pero algo es algo. Con perseverancia y talento el «republicanismo» podría y debería tener un lugar semejante al que ocupa en el debate público francés o argentino. La política y las ideas políticas no son únicamente una aproximación teórica y metodológica; pueden ser también herramientas para construir un destino político que no está ni ganado ni perdido de antemano. Finalmente, la segunda pata de la vigencia: el siglo XIX, amigos, se parece bastante más a nuestro tiempo que el siglo XX. El siglo XX, con sus proyectos nacionales y distinguibles, con sus partidos políticos —aun si débiles—, con los grandes ideólogos redentores de la nación, acompañados de sus feligresías partidarias, poco tenía que ver con nuestro siglo XXI de tránsfugas, colleras políticas, presidentes apocados y de ciudadanía aturdida ante la política de la nada. En cambio, en la lectura del XIX que nos brinda este libro, encontramos ecos de lo que somos hoy. De un lado, parte del país ilusionado con un proyecto republicano que consigue fugaz representación en el Partido Civil y Manuel Pardo. De otro lado, fuerzas sociales y económicas acostumbradas a vivir de, y convivir con, un sistema patrimonialista que conocen, dominan y explotan. En medio, líderes siempre dispuestos al acomodo, la traición y a, obviamente, fundar un partido personalista. «¡Abajo la argolla!» vociferan a los civilistas, mientras la traducción histórica nos sopla al oído «¡Abajo los caviares!»; Cáceres y su exilio dorado en París; los linderos difusos entre lo privado y lo público que Odebrecht no inventó. Y, en fin, Víctor Andrés Belaunde señalando con gran preocupación en 1914 —otra época de optimismo idiota— la contradicción entre el avance económico y el retroceso moral del país. Cuando alguien, entonces, lector, le hable con nostalgia del siglo XX, sus partidos, ideologías y partisanos, no olvide que 11
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