La utopía republicana

reputación». Entre ellos se mencionaban a El Comercio de Lima, La Bolsa de Arequipa, El Yaraví de Puno, La Opinión del Cusco, El Imparcial de Trujillo, El Eco de Yungay y El Pueblo de Ica. Para reforzar aún más el argumento de ser un movimiento nacional, enumeraban las reuniones partidarias que se habían llevado a cabo en los departamentos más importantes del país. Con lo anterior, la joven asociación política ponía de manifiesto ante la opinión pública que no solo había logrado apropiarse del libreto republicano y de los personajes-ciudadanos, sino que tenía la intención de tomar por asalto el amplio escenario político nacional157. Para lograrlo, el control de la esfera pública y de las comunicaciones fue fundamental. Lo anterior sirvió para hacer llegar el mensaje político a las regiones más alejadas del país, a la vez que para enviar señales a las fuerzas propias y opositoras sobre el caudal y la calidad de electores con los que se contaba. La esfera pública como escenario de las luchas políticas había sido utilizada a lo largo de varias décadas en el país; sin embargo, fue en el tumultuoso proceso electoral de 1851 donde adquirió fuerza y prestigio. Aquel combate político, que por su violencia e intensidad estuvo a punto de ser anulado por Castilla, sentó «la escenografía y coreografía» de las elecciones de 1871 que estamos analizando. En la lid electoral de 1851 afloraron nuevos periódicos y asociaciones y se incrementó la cultura de la movilización. La campaña periodística, en apoyo de los candidatos presidenciales Domingo Elías, Manuel Ignacio de Vivanco, José Rufino Echenique y Miguel San Román, tuvo una intensidad poco antes vista en el país. La multitud, que apareció por millares ocupando calles y plazuelas, fue movilizada mediante la compra del voto, ante la mirada horrorizada de muchos testigos de la época, como José Gualberto Valdivia y José Arnaldo Márquez158. Resulta obvio señalar que la esfera pública a la que nos estamos refiriendo no era la clásica esfera burguesa, mediadora entre el poder político y ciertas partes de la sociedad civil, principalmente aquellos sectores heterogéneos resultantes de un rápido proceso de modernización (Habermas, 1989, pp. 27-88). La esfera urbana peruana, escenario de los violentos choques de 1851, no estaba organizada por elementos burgueses o pequeños burgueses sino por políticos como Echenique y sus agentes como el sargento mayor del ejército Viviano Gómez Silva, consolidado y protegido del general puneño, o por caudillos regionales como el arequipeño Domingo Gamio159. En este contexto, la tarea primordial que 99

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