socioeconómicos que se estaban operando en la sociedad urbana peruana, a la luz de las teorías sansimonianas. No debemos olvidar que Michel Chevalier, maestro influyente de Pardo en el Colegio de Francia, había sido un discípulo muy cercano del conde Henri de Saint Simon y es probable que el alumno peruano haya asimilado, a través de las lecciones del profesor parisino, el novedoso concepto sansimoniano de propiciar la movilización de los sectores económicos industriosos para la consecución del poder político. El contraste que permanentemente estableció el utópico francés entre «productores» y «ociosos» fue también un punto de convergencia ideológica con los planteamientos que la Sociedad Independencia Electoral desarrolló193. Coincidentemente, una opinión similar a la sansimoniana empezó a retomar fuerza en Lima durante los años de la «prosperidad falaz». El movimiento político popular, resurrecto durante el auge de la política municipal y encabezado por el artesanado limeño, golpeado duramente por el modelo guanero, propiciaba, en sus propios términos, muchos de los planteamientos esbozados por el socialista utópico francés tan caro a Pardo y a algunos de sus copartidarios (Gootenberg, 1993, pp. 143-163)194. Es por lo anterior que resultaba sumamente pertinente la formulación por parte de la Sociedad Independencia Electoral de un discurso político que involucrara a toda la nación «laboriosa» sin distingo de clase social, a la manera sugerida por Saint Simon y por los teóricos de la política popular limeña. La crisis económica desatada por la «prosperidad falaz» no solo había determinado la necesidad de imaginar nuevas soluciones para los graves problemas sociales del país, sino que permitió reactivar ideales políticos en los «sectores medios» viejos y frustrados. Lo interesante de la opción renovadora propuesta por la dirigencia de la Sociedad Independencia Electoral fue su capacidad de leer las necesidades políticas y la «estructura de sentimiento» de los nuevos actores sociales y su eficiencia en la construcción de un escenario público contestatario. En dicho escenario se dio la convergencia y la «cristalización» de las propuestas e intereses de una élite reformista —desengañada por veinte años de desaciertos políticos y económicos— con los de unos sectores medios y populares que presionaban por el cada vez más imprescindible cambio195. La búsqueda de la renovación de los métodos políticos y económicos no solo se circunscribió a Lima. Las discusiones en el Congreso de 1860 evidenciaron también un «aluvión» de pedidos por parte de los 113
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