lógico. Así, el Ejército, liderado por el tarapaqueño, buscó reconocimiento público por una virtud todavía más meritoria que la de conseguir la independencia: la de «encadenar la anarquía» y, por ende, restablecer la paz en toda la República. ¿Tuvo el general Castilla una estructura administrativa lo suficientemente sólida como para refundar en 1845 la República peruana? En La utopía republicana y en trabajos posteriores describí al «Estado castillista» como un ente de naturaleza patrimonialista, conformado por un conglomerado de ideas —corporativas, republicanas, católicas e incluso liberales— y de corporaciones —el Ejército, la Iglesia, los artesanos, los pueblos y los comerciantes—30. Si bien el sustento ideológico de este experimento político de la posguerra fue el constitucionalismo, heredado de Nieto y de los convencionalistas de 1834, y su base económica, la riqueza provista por el guano, su operatividad dependió de una maquinaria básicamente militar. El aparato político al que le correspondió cristalizar el viejo proyecto del Ejército estuvo formado por un puñado de generales, coroneles y comandantes, todos ellos fogueados en una década de guerra total. La fuerza política de Castilla se sostuvo en la red de prefectos y de subprefectos con los cuales gobernó el Perú de 1845 en adelante31. La trama de poder que permitió, en teoría, estabilizar la revolución se construyó con el apoyo de personajes de la talla del general Pedro Cisneros. Diputado suplente por el departamento de Amazonas (18331834), edecán de Orbegoso (1836), participante en la batalla de la Portada de Guía (1838), prefecto de Ayacucho (1842) y de Tacna (1843), la labor de Cisneros en la prefectura de Arequipa (1845) fue clave para que el Estado, en manos de los militares, ejerciera el control del difícil departamento del sur. Los prefectos castillistas exhibieron una amplia experiencia político-militar y una gran capacidad de adaptación, pero sobre todo una enorme resistencia ante la adversidad. Solo quienes habían recorrido el Perú de sur a norte y de este a oeste, como fue el caso de los soldados de la República, podían entender con claridad lo multidimensional de la realidad política nacional, la cual se desarrollaba en un Estado de permanente crispación. La habilidad más notable que exhibieron los militares peruanos fue su capacidad de transitar sin brújula por aquel laberinto de ambiciones desenfrenadas, de identidades fragmentadas, de lealtades volubles y de rivalidades fratricidas que caracterizó —qué duda cabe— al juego del poder en los años de la 28
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx