porcentaje importante del presupuesto gubernamental y por el incremento geométrico del fertilizante como porcentaje total de las exportaciones del país232. En una primera etapa del auge guanero, 1840-1849, el gobierno se encargó de explotar y comercializar el fertilizante. Esto fue posible debido al gasto mínimo de capital y poco esfuerzo que la explotación demandaba y a que el Estado peruano tenía la propiedad fiscal del codiciado producto. Posteriormente, sin embargo, fueron los consignatarios los que, a cambio de una comisión variable, se encargaron, por decreto estatal, del proceso de explotación y comercialización. El consignatario, inicialmente una casa comercial extranjera, era el agente intermediario entre el Estado y los consumidores ultramarinos. Los mercados para el fertilizante eran muchos, siendo los más importantes: Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia, Bélgica, China, Islas Mauricio, entre otros. En 1862, un grupo de capitalistas peruanos —entre los que destacaba Manuel Pardo—, asociados a la casa comercial inglesa Thomson-Bonard, lograron obtener, luego de muchas presiones y resistencias, la consignación del guano para un mercado excepcional: el de Inglaterra233. En 1869, debido a las endémicas penurias fiscales y probablemente al entrampamiento económico del Estado en la política de las consignaciones, la administración de Balta, 1868-1872, en una actitud desesperada, reformuló la política del gobierno en torno a aquellas y decidió desaparecer el tradicional sistema de explotación y comercialización, colocando en su lugar el monopolio del manejo del fertilizante en manos de un oscuro comerciante francés: Augusto Dreyfus. En 1870, Dreyfus emitió un empréstito de 59 600 000 soles para el gobierno peruano y un año después, otro por 900 000 000 de soles más. A partir de lo anterior, el Perú se convirtió en uno de los primeros deudores del mercado monetario europeo y Dreyfus no solo asumió el rol de exclusivo comercializador del guano peruano, sino el de agente financiero del gobierno en los mercados internacionales de capital. Las dos operaciones financieras llevadas a cabo por el inescrupuloso financista francés determinaron que las rentas guaneras fueran destinadas íntegramente al servicio de la deuda externa. La bancarrota fiscal de 1874 fue la conclusión lógica de varias décadas de terribles desaciertos (Bonilla, 1974a, pp. 69-116; 1986, pp. 167-188). Al respecto, las preguntas que cabría hacerse son: ¿cuáles fueron los destinos del dinero generado por el guano? ¿Por qué el monopolio de esa riqueza generó el colapso económico del país? ¿Era posible el viraje 142
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